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ESMA, el símbolo de la infamia
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Buenos Aires. Noviembre 2011. P. Álvarez
El 26 de octubre de 2011, un tribunal argentino condenó a 16 represores de la última dictadura argentina (1976-1983), doce de ellos, incluidos el exdictador los tristemente renombrados Jorge Acosta y Alfredo Astiz a cadena perpetua, por algunos de los terribles crímenes cometidos en la infame Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) de Buenos Aires. La sentencia, en el segundo tramo de la megacausa contra los autores de los miles de secuestros, torturas, violaciones y asesinatos que tuvieron lugar en este centro, teóricamente destinado a la formación de cadetes de la Armada, tuvo lugar tras casi dos años de testimonios. Este relato se basa en las declaraciones escuchadas durante el juicio.

Edificio principal de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).
Edificio principal de la Escuela de Mecánica de la Armaca (ESMA).

¿Cuál es el último lugar en que te gustaría estar? ¿El que más miedo te da?

Cuando Raúl Cubas tuvo que responder a esta pregunta aquel 20 de octubre de 1976, sabía que la interpelación no respondía en realidad a un interés genuino por sus pensamientos. Fue formulada por aquel rostro de los ojos penetrantes y de un azul gélido como una inocente adivinanza, pero escondían una poco velada amenaza. En seguida le vino la respuesta a la mente y, en efecto, era probablemente el lugar en que menos le apetecería encontrarse. Incluso pese a que acababa de librarse, no por voluntad propia, de la muerte. Una muerte que buscó precisamente para evitar estar en lugares como ése.

Sólo unas horas antes, Raúl Cubas caminaba tranquilamente hacia la parada del colectivo en su ciudad de La Tabalada, en el suroeste del Gran Buenos Aires. Se sentía feliz, porque su pareja le había dicho la noche anterior que estaba embarazada. De repente aparecen tres autos que se detienen bruscamente cerca de él y escupen una decena de hombres vestidos de civil que le dan el alto. Se echa a correr, pero le dan alcance y lo tiran al suelo. Siente un fuerte golpe en la cabeza, pese a lo cual logra sacar de su bolsillo una pastilla de cianuro e introducírsela en la boca. No debían capturarlo con vida. La integridad de sus compañeros y sus familiares correría peligro.

Sus asaltantes se dan cuenta de la maniobra y comienzan a darle patadas en el estómago y en todo el cuerpo, pero consigue morder la píldora. Siente que le ponen unas esposas y una capucha le cubre la cabeza. Se queda a ciegas. Nota cómo lo levantan en andas y lo introducen en el baúl de uno de los vehículos. El auto arranca y pasado un rato Cubas comienza a sentir náuseas y cómo se va desvaneciendo. Antes de perder el sentido, va recordando los momentos más importantes de su vida, como en una película. Estaba convencido de que ese era su fin.

Sin embargo, horas después despierta en lo que parece un sótano. Es un gran espacio con paredes llenas de desconchones, varias puertas y un techo de concreto desnudo y lleno de manchas. La única luz proviene de unas bombillas que dan al lugar una iluminación mortecina.

Cubas estaba tirado en el suelo, recostado sobre un montón de cadáveres. Al parecer le habían dado por muerto. El lugar está invadido por una música a alto volumen, pero eso no impide escuchar los desgarradores gritos de dolor que estallan de cuando en cuando, como truenos, detrás de algunas de las puertas. Sus captores al percatarse de que está vivo y de que vuelve en sí lo agarran violentamente, le hacen un lavado de estómago y le administran suero. Lo llevan a una pequeña y tétrica habitación en el mismo sótano en la que hay un camastro, una mesita metálica, un pizarrón con nombres escritos y una especie de calentador de color azul. Entra un hombre de pelo rubio, frente ancha y una mirada socarrona en los ojos azules y fríos.

- ¿Dónde no querrías estar? - le pregunta.

A Cubas, de forma casi inconsciente, se le escapa: “En la ESMA”.

- Ahí es precisamente donde estás - le confirma su interlocutor con un evidente tono de satisfacción.

Se encontraba en el mayor centro clandestino de detención de la última dictadura argentina (1976-1983) y a quien tenía delante era al capitán Jorge “el Tigre” Acosta, que con el tiempo se convertiría en uno de los símbolos de la tortura y la desaparición de personas en Argentina y en toda América Latina.

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