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ESMA, el símbolo de la infamia
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Cubas ya había oído hablar del centro de represión de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA). Los rumores sobre la crueldad con la que eran tratados los presos allí ya circulaban entre la militancia de las distintas agrupaciones contrarias al régimen sólo unos meses después del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 por el que los militares volvieron a hacerse con el poder.

A pesar de su carácter clandestino, la visibilidad, la exposición, el conocimiento público nunca fueron un verdadero problema para los responsables de este campo de concentración. Más bien al contrario: los fomentaban para aterrorizar a la población civil. No sólo se regodeaban en el temor que infundían, sino que alcanzaron niveles de indiscreción e incluso exhibición difíciles de imaginar.

Se calcula que por esa institución, cuya función original era la formación de suboficiales de la Armada, pasaron unos 5.000 presos políticos durante el gobierno del régimen militar argentino. Apenas dos centenares sobrevivieron para contarlo. El resto son parte de los 30.000 muertos o desaparecidos en los cerca de 600 centros de torturas que se crearon en el país durante la represión que siguió al golpe.

Militares irrumpiendo a la fuerza en un domicilio particular
Militares irrumpiendo a la fuerza en un domicilio particular. Foto del Archivo Nacional de la Memoria.
 

Pese a la magnitud de los crímenes, tuvieron que pasar casi tres décadas desde el retorno de la democracia, en diciembre de 1983, para que hubiera una sentencia contra los represores de la ESMA. Fue el pasado 26 de octubre, cuando tras un juicio oral de casi dos años de duración, Acosta y otros 11 militares y policías fueron sentenciados a cadena perpetua y otros cuatro a penas de entre 17 y 25 años de prisión.

La escuela era responsabilidad de uno de los "grupos de tareas" en que el Comandante de la Armada, Emilio Eduardo Massera, había subdividido este cuerpo para combatir la subversión: el Grupo de Tareas 3.3. Éste se ramificaba a su vez en "unidades de tareas".

La 3.3.2 era la que ocupaba el Casino de Oficiales, un edificio de tres plantas algo apartado de los demás en el que funcionó el centro de torturas.

Por último, dentro de la Unidad de Tareas 3.3.2 había un sector dedicado a la logística, otro a la inteligencia y otro a los operativos. El sector operativo era el que conformaba la 'patota', el grupo de matones que salía a la calle a la caza de las víctimas, al 'chupe'.

El 'chupe'

A la Escuela eran enviados en comisión efectivos de otras fuerzas: del Ejército, de la Prefectura Naval, guardas de prisión, policías... Estos últimos contactaban antes de cada 'chupe' con las comisarías cercanas para "liberar" la zona en donde se iba a llevar a cabo, es decir, sacar a los agentes para que no interfiriesen en la detención ilegal.

Aparecían de repente y se abalanzaban sobre la presa cuando estaba paseando por la calle, saliendo de un restaurante, haciendo fila para el cine, a bordo de un colectivo, esperando una cita o durmiendo tranquilamente en su casa. Tras lanzarla contra el suelo y golpearla, la esposaban y le tapaban la cabeza con una capucha antes de introducirla a la fuerza en un vehículo. A veces la metían en el baúl, a veces la arrojaban al suelo del asiento de atrás, aplastada bajo los zapatos de los agresores.

Puesto de control por el que pasaban los secuestrados por el Grupo de Tareas 3.3.2 al entrar en la ESMA.
Puesto de control por el que pasaban los secuestrados por el Grupo de Tareas 3.3.2 al entrar en la ESMA.
 

En cualquier caso el detenido no puede ver por dónde va. Percibe el movimiento del vehículo que marcha por las calles de Buenos Aires y que en un determinado momento frena y uno de los secuestradores dice: "Selenio, selenio. El paquete está bien". Aunque no se siente para nada bien, tiene la certeza de que 'el paquete' es él. Nota que el auto arranca de nuevo y da un pequeño brinco.

No lo sabe aún, pero acaba de pasar sobre la cadena que le franquea el paso a la que será la peor pesadilla de su vida.

El vehículo acaba de ingresar en el predio de la ESMA. Y lo ha hecho por la entrada principal, la que da a la Avenida Libertador, una de las principales arterias del norte de la capital argentina. A lo largo de unos 500 metros de esa vía se extiende una verja metálica perimetral desde la que se ven algunos de los principales edificios de los 35 que tiene el complejo y que están diseminados entre zonas verdes en una superficie total de 17 hectáreas.

Por ahí entraba el vehículo con el 'chupado' y el puesto de control que acababa de pasar, pegado a la reja y dominado por una torreta, estaba bloqueado por una cadena que se bajaba para que los autos pasaran por encima, lo que les hacía dar ese ligero salto.

(sigue)
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