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ESMA, el símbolo de la infamia
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En la sala de torturas solía haber un médico militar que supervisaba las sesiones para que el prisionero no muriera a causa de los suplicios. Si lo perdían, se perdía también la información que buscaban. No siempre lo lograban, aunque tampoco ponían mucho cuidado en ello.

Mientras Basterra era “interrogado” en la “Huevera”, una habitación parcialmente insonorizada con un revestimiento de cajas de huevo en sus paredes que algunos detenidos habían sido obligados a instalar, su corazón sufrió un espasmo. Le pidieron a un compañero preso que viera qué le pasaba y, cuando pareció recuperado, siguieron picaneándolo. Cuando tuvo un segundo incidente cardiaco, apareció un “Tommy”, como llamaban a los médicos militares en la ESMA. Este “Tommy” en particular, de nombre Carlos Capdevila, lo examinó pero no vio ningún problema en que continuaran.

- 150 palpitaciones por minuto no es nada, un piloto en picada puede llegar a 130 – bromeó, aunque les advirtió con su peculiar acento cordobés de que debían ser un poco más cuidadosos.

Pese a la recomendación, cuando el paso de la electricidad hacía que se le agarrotasen los músculos, se los aflojaban a golpes.

Las sesiones de tortura podían continuar durante días hasta que el detenido diera los suficientes nombres o hasta que el responsable considerara que ya era tarde, que cualquier compañero al que delatara ya estaría sobre alerta y no lograrían localizarle. Era habitual que algunos revelaran datos falsos. Eso sólo servía para que los represores aumentaran su ensañamiento después de verificarlos. En ocasiones, torturaban por torturar, sin hacer preguntas, como por gusto. Incluso idearon un sistema para dejar programada la picana y que soltara descargas automáticamente cada ciertos intervalos, por lo que ni siquiera tenían que estar presentes.

Pese a todo, el suplicio no terminaba con la picana. Según Cubas, “lo peor de la tortura no era la tortura en sí misma, sino lo que venía después”. En efecto, para algunos, la situación iba a empeorar.

Antes de salir de ese pozo del terror, le daban al secuestrado una pista de lo que le iba a pasar a partir de entonces:

- Vos ya no tenés nombre. Sos un número.

A cada prisionero le adjudicaban un número al que iba a tener que responder a partir de entonces. Era el primer paso de un proceso de anulación de la personalidad del detenido. Un proceso que tenía lugar principalmente en el tercer piso del Casino de Oficiales. Años después, a partir de los números que fueron dando a los cautivos en los años en que la ESMA funcionó como centro clandestino de detención, se pudo calcular la cifra de víctimas que pasaron por ese lugar, ya que al llegar a los 999 empezaban otra vez de cero.

Capucha, el pozo del terror

Aspecto actual del Salón Dorado
Aspecto del Salón Dorado en la actualidad.
 

Justo encima del sótano estaba el Salón Dorado. Dominado por una elegante lámpara de araña, en él había un comedor para oficiales y tenían sus escritorios los miembros del sector de inteligencia, donde se planificaban los operativos de secuestro.

Este salón se comunicaba directamente con el vestíbulo, por el que los presos eran sacados del sótano cuando los subían a la tercera planta. Para ello se utilizaba el elevador, pues las palizas, la aplicación de la picana en los testículos y los otros tormentos les dificultaban caminar.

En el primer y el segundo piso se disponían las habitaciones donde dormían algunos oficiales y visitantes de la Escuela. El elevador se detenía en el tercer nivel y al salir de él se encontraba uno casi en el centro de una planta prácticamente simétrica. El prisionero era llevado a la izquierda, donde una puerta le daba acceso a un amplia pieza alargada en forma de “L” y con un techo de madera inclinado.

En este lugar el espectáculo era dantesco. Un pasillo se extendía bajo una luz tenue artificial. A la izquierda había unos habitáculos construidos con mampostería y unas puertas con mirilla. A la derecha se alineaba una sucesión de minúsculos cubículos de unos 60 ó 70 centímetros de ancho, con espacio apenas para el colchón de gomaespuma que ocupaba cada uno, separados por tabiques bajos de conglomerado de un aproximadamente un metro. En la mayoría de estos espacios, que llamaban cuchetas (como las de los barcos) o “cuchas”, asomaba un bulto de tela. Eran las cabezas encapuchadas de los detenidos. Parecían nichos llenos de cadáveres.

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