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ESMA, el símbolo de la infamia
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En ese lugar, los presos debían permanecer constantemente con las cabezas cubiertas, por lo que los represores llamaron a aquel lugar “Capucha”. Además, estaban esposados y con grilletes. A algunos les vendaban además los ojos debajo de la capucha para que la oscuridad fuera total o les ataban una pesada bala de cañón al pie. Debían estar todo el día tumbados o sentados, pero inmóviles y en silencio. Escuchando el enervante rumor de los extractores situados en el techo. Pese a estar siempre en funcionamiento no podían aliviar ese olor nauseabundo, mezcla de sudor, sangre, vómito, orina y miedo. Un olor a muerte.

Aspecto actual de 'Capucha'.
Aspecto actual de 'Capucha'.
 

Aunque ese ruido de motor llegaba a taladrar los tímpanos de los presos, ningún sonido era más desesperante que el constante arrastrar de cadenas de sus compañeros cuando eran llevados de un sitio a otro. De vez en cuando, la luz, que estaba encendida las 24 horas del día, sufría altibajos, señal de que estaban “interrogando” a alguien en el sótano.

Para muchos, estar en ‘Capucha’, durante días, semanas, meses… era una tortura psicológica constante, peor incluso que las descargas eléctricas del sótano. “Si la tortura es algo insoportable, Capucha es terrorífica”, recordaría Ana María Martí , que estuvo 20 meses en la ESMA, tres décadas después, durante el juicio.

Los secuestrados se las arreglaban para ver por debajo de la capucha o a través de ésta cuando era de tela fina o estaba muy desgastada. También en ocasiones las condiciones eran más relajadas dependiendo del humor de quien estuviera de guardia. Los vigilaban los propios estudiantes de la escuela, a los que llamaban los ‘verdes’ y que obedecían a un grupo de suboficiales apodados los ‘pedros. Los ‘pedros’ organizaban las guardias y se encargaban de llevar a los detenidos de un punto a otro del Casino de Oficiales.

Un ambiente esquizofrénico

Algunos ‘verdes’ eran más benévolos con los presos, pero otros, cuando querían llamar su atención o simplemente por diversión, les daban patadas en la cabeza, la cual debían tener en todo momento apuntado al pasillo. No importaba que fueran las dos de la madrugada: en cualquier momento y sin previo aviso, uno podía estar tumbado y recibir un puntapié en el rostro. O “jugaban” con ellos parándoseles encima. O directamente les apaleaban. “Unos te trataban bien, otros mal. Uno te trataba bien un día y al día siguiente te trataba mal”, contó Ana María Larralde, que pasó en ese pozo 13 meses. Era otro aporte al ambiente de esquizofrenia que imperaba en tal lugar. Como cuando por la noche les obligaban a hacer gimnasia con los grilletes y las capuchas puestas. Si se caían, les ponían una bota en la cabeza.

Cuando tenían que trasladarles, encapuchados y engrillados, les daban indicaciones erróneas para que se golpearan con la pared o con las vigas del techo. Para beber, para ir al baño, los detenidos debían pedir permiso. Los ‘verdes’ les solían pasar un balde para que hicieran sus necesidades. A veces los llevaban al baño que estaba en ese mismo tercer piso, cerca del elevador. Algunos les permitían ir enseguida y otros tardaban horas hasta reunir a un grupo numeroso. Los ponían en fila y debían agarrarse unos a otros de los hombros para ir al baño.

Las cucarachas y las ratas campaban a sus anchas, y eran comunes enfermedades como la sarna. Los grilletes y las esposas provocaban llagas en muñecas y tobillos. Muchos presos pasaron semanas sin poder asearse. En las raras ocasiones en que les permitían ducharse. Tenían tres minutos para hacerlo y si sobrepasaban ese límite recibían una paliza. Las mujeres debían hacerlo frente a las miradas lascivas de los guardias y se arriesgaban a ser manoseadas y, en ocasiones, incluso violadas.

Como alimentación les daban un mate cocido en la mañana, un trozo de pan con algo de carne para el mediodía y otro por la noche. Durante los días siguientes a la tortura, ni siquiera podían ingerir líquidos. Si lo hubieran hecho después de haber sido picaneados se habrían hinchado como sapos y habrían muerto. Pero incluso una vez pasados los efectos de las descargas eléctricas, habían veces en que, cuando tenían sed, no les daban agua y si no la tenían les obligaban a beber.

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