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ESMA, el símbolo de la infamia
(y 8)

Los cautivos, pese a todo, conseguían comunicarse entre ellos a través de los tabiques o furtivamente cuando eran conducidos al baño. Algunos se intentaban consolar entre ellos, le pasaban comida al alguno que veían particularmente mal a riesgo de recibir una paliza de los guardias. Se identificaban entre ellos o se pasaban números de teléfono de familiares para que, si alguno salía, les avisara.

Pero tampoco se podían contar muchas cosas. Había que ser discretos. Una vez en Capucha no era habitual que volvieran a ser torturados y la táctica para sacarles información era el desgaste, jugar con la desesperación, con las ansias de salir de ese agujero. Para recuperar su libertad y salir de ese mundo de muertos debían colaborar. Así que no convenía que supieran datos comprometedores de otros compañeros de detención.

La desesperación y las ideas de muerte no tardaban en hacer mella en los prisioneros. Hugo César Bogarin estuvo en la ESMA 25 días en mayo de 1977. Un tiempo mucho más corto que el de otros presos, pero aun así, una eternidad. A veces, los represores le pasaban un fusil por la sien. Para orinar tenía que pedir permiso y sólo le dejaban hacerlo tumbado sobre un costado en su colchoneta.

- Por favor, mátenme, déjenme tirado en la puerta de la casa de mis padres - llegó a suplicar.

Aun en estas condiciones, los secuestrados tenían unos con otros gestos de solidaridad. Algunos conseguían sacar fuerzas para dar rienda suelta a sus expresiones artísticas, como Alcira Fidalgo, “chupada” en diciembre de 1977, que hacía figuritas con miga de pan o polvo de ladrillo y se los regalaba a sus compañeros de cautiverio.

Sólo había en la Escuela de Mecánica un lugar todavía peor que ‘Capucha’.

Altillo en el que se encontraba Capuchita
Altillo en el que se encontraba 'Capuchita'.
 

En la parte central de la planta del tercer piso, frente al ascensor y los baños había una escalera que subía a un altillo de unos 50 metros cuadrados. Destacaba en él la presencia de un gran tanque de agua para abastecer al edificio. Ahí había otra veintena de cuchas y dos cuartos para “interrogatorios”, por lo que los recluidos allí debían escuchar los gritos de los compañeros torturados. Este espacio, llamado ‘Capuchita’, era normalmente prestado por la Unidad de Tareas  3.3.2 para que otras dependencias de la Marina recluyeran a sus propios prisioneros, principalmente el Servicio de Inteligencia Naval (SIN). También lo usaban para castigar a algunos presos de ‘Capucha’, enviándolos allí durante cortos periodos.

Los castigos solían consistir en palizas, que en ocasiones podían acabar en la muerte, o con un tiempo en ‘Capuchita’.

Andrés Castillo, detenido en mayo de 1977, llevaba ya un tiempo en ‘Capucha’ cuando un día llegó una mujer recién secuestrada. Estaba deshecha y no paraba de llorar. Pese al riesgo que suponía intentó consolarla, lo que enfureció a los represores. Acosta quería matarlo, así que lo mandaron al altillo. Ahí, en cada cambio de guardia era brutal y repetidamente golpeado.

Al otro lado de la tercera planta, al salir del elevador a la derecha se encontraba un espacio simétrico a Capucha. Con la misma forma en “L”. Lo llamaban “El Pañol”, en referencia al lugar de los barcos destinado a almacén. Nada más entrar, a la izquierda, había un voluminoso montículo de ropa apilada que iba creciendo por momentos. Era parte del botín de las casas de los secuestrados, que eran literalmente saqueadas por la ‘patota’. A continuación estaba los zapatos, decenas y decenas de pares. Y luego el resto del pillaje: frigoríficos, muebles, televisores, lavadoras, libros… Del Pañol sacaban la ropa para vestir a los prisioneros cuando llegaban a ‘Capucha’, pues la suya normalmente había quedado destrozada durante la tortura.

(fin de la primera parte)
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