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ESPECIAL
ESMA, el símbolo de la infamia
2ª parte (1)

Buenos Aires. noviembre 2011. P. Álvarez
El 26 de octubre de 2011, un tribunal argentino condenó a 16 represores de la última dictadura argentina (1976-1983), doce de ellos, incluidos el exdictador los tristemente renombrados Jorge Acosta y Alfredo Astiz a cadena perpetua, por algunos de los terribles crímenes cometidos en la infame Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) de Buenos Aires. La sentencia, en el segundo tramo de la megacausa contra los autores de los miles de secuestros, torturas, violaciones y asesinatos que tuvieron lugar en este centro, teóricamente destinado a la formación de cadetes de la Armada, tuvo lugar tras casi dos años de testimonios. Este relato se basa en las declaraciones escuchadas durante el juicio.

ESMA, el símbolo de la infamia: primera parte
ESMA, el símbolo de la infamia: tercera parte
 
Detención de presos políticos durante la última dictadura argentina
Detención de presos políticos durante la última dictadura argentina. Foto del Archivo Nacional de la Memoria.

La dictadura se había propuesto aniquilar –literalmente- la subversión. Y la ESMA puso un empeño especial en la tarea. El objetivo prioritario de las Fuerzas Armadas eran guerrillas como Montoneros y el Ejército Revolucionario Popular (ERP), pero todo aquel que no comulgase con el ideario de la dictadura era susceptible de ser considerado “enemigo”. Ni siquiera ser afín a los “valores cristianos” que decían defender los militares era una garantía si no compartían la peculiar interpretación que tenían éstos de esos valores.

En mayo de 1976, los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics, miembros del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo (que tenía un importante componente político y social), tuvieron un conflicto con el principal de la Compañía de Jesús Jorge Bergoglio, el recién nombrado Papa Francisco, por la labor que llevaban a cabo en las villas miseria de Buenos Aires. Incluso fueron expulsados de la Compañía de Jesús y se les retiró la licencia para dar misa. El 23 de ese mes, el primer domingo en que no pudieron oficiar, un batallón militar fue a buscarlos a su casa y se los llevó a la ESMA.

Allí los interrogaron en el sótano por separado. En un momento dado, uno de sus captores le espetó a Yorio:

- Vos no sos guerrillero, no estás en la violencia, pero vos no te das cuenta que al irte a vivir allí (en una villa miseria) con tu cultura, unís a la gente, unís a los pobres. Y unir a los pobres es subversivo.

- Usted es un cura idealista, un místico. Solamente tiene un error, que es haber interpretado demasiado materialmente la doctrina de Cristo  – le reprochó otro de sus secuestradores – Cristo habla de los pobres, pero cuando habla de los pobres habla de los pobres de espíritu. Y usted hizo una interpretación materialista de eso y se ha ido a vivir con los pobres materialmente. En la Argentina, los pobres de espíritu son los ricos y usted, en adelante, deberá dedicarse a ayudar más a los ricos, que son los que realmente están necesitados espiritualmente.

Cuatro días después, los religiosos fueron llevados a otro lugar, una quinta situada a una media hora en auto en la que siguieron presos. El 23 de octubre, los anestesiaron y despertaron abandonados en un campo a las afueras de Buenos Aires.

Incluso los militares de izquierda eran secuestrados, y el tratamiento que recibían era peor que el de los otros detenidos.

“Una astilla del mismo palo”

El 12 de junio de 1977, Mario Galli, un marino que había estado cinco años destinado en la ESMA y participado en una sublevación por negarse a salir a ‘chupar’ (detener de forma ilegal) a civiles, se encontraba frente a su casa descargando una cuna de un vehículo. Aparecen súbitamente dos autos de donde se bajan unos militares vestidos de civil que lo abordan y lo obligan a entrar con ellos en su domicilio. Allí estaban su madre, Felisa Wagner, su mujer, Patricia Flynn, y su hija de un año y medio, Marianela. A los 20 minutos, todos son sacados a la fuerza y llevados a la Escuela de Mecánica.

Galli había sido compañero de promoción de Alfredo Astiz y de otro temido torturador de la Unidad de Tareas 3.3.2, el teniente de fragata Ricardo Cavallo. En lugar de ayudarle, eso sólo le sirvió para que el ensañamiento en su contra fuera mayor. “No hay peor astilla que la que es del mismo palo”, dijo el capitán Jorge ‘El Tigre’ Acosta, el jefe de la Unidad de Tareas, el grupo dentro de la ESMA dedicado a labores de “inteligencia”.

Galli, que tras ser encarcelado por la sublevación y amnistiado un año después entró a formar parte de Montoneros, le contó luego a otra detenida, Lila Pastoriza (conocida por el alias de alias ‘Burbuja’), cómo fue llevado a un edificio del Servicio de Inteligencia Naval (SIN) donde, desnudo, fue insultado por oficiales de la Armada, que lo tildaban de traidor mientras le azuzaban perros acercándoselos a los genitales.

A los tres días de la captura de toda la familia, la pequeña Marianela fue llevada a casa de su tía, Mónica Galli. Unas semanas después, en julio, dejaron que Mario la telefoneara. No le quiso contar a su hermana dónde se encontraba, pero sonaba calmado y le preguntó por la niña. Luego se puso Patricia, que estaba más nerviosa, le reveló que estaba embarazada y se echó a llorar. Al final le dijeron que Mario volvería a llamar en unos días. Mónica esperó, pero nunca volvieron a comunicarse.

El 10 de agosto de 1977, el matrimonio Galli y Felisa Wagner fueron sacados de la ESMA. Patricia alcanzó a agarrar una foto grande de su hija que había conseguido que sus captores le trajeran de su casa y la apretaba contra su pecho mientras la sacaban de Capucha. Marianela no supo nunca nada más de sus padres.

La llamada telefónica de los Galli no fue un caso aislado. A ciertos presos les dejaban contactar por esta vía a sus familias. Normalmente era para que les disuadieran de intentar encontrarlos, para que no los buscaran.

(sigue)
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