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ESPECIAL
ESMA, el símbolo de la infamia
2ª parte (2)

El destino de cada prisionero dependía del oficial al que fuera asignado su caso. Estos eran sus amos y podían disponer de ellos a voluntad. Incluso se los disputaban, porque a mayor número de casos, mayor poder en el escalafón de la Escuela de Mecánica. A algunos los paseaban en auto por la calle para que identificaran a compañeros de militancia. O los sentaban en un lugar público para ver si algún conocido se paraba a saludarlos y detenerlo. Como si fueran moscas en el anzuelo de una caña de pescar.

Casiino de oficiales de la ESMA.
Casiino de oficiales, el edificio en el que tuvieron lugar los abusos contra desaparecidos politicos en la ESMA.
 

Los secuestrados fueron convirtiéndose para los miembros de la Unidad de Tareas 3.3.2 en cosas, objetos disponibles para sus caprichos. Así, no sólo obligaron, por ejemplo, a Raúl Cubas a defecar en la calle con un camisón de mujer y grilletes con una bola de cañón atada enfrente de los viandantes, también tenía que acompañarlos al cine o a partidos de fútbol.

Cuando Ricardo Cavallo, Jorge Rádice, Raúl Scheller y otros represores tenían ganas de divertirse, despertaban a algunas presas en medio de la noche. Las llevaban al Pañol para escoger vestidos bonitos y las hacían maquillarse para salir a cenar o a bailar.

Acosta era particularmente aficionado a estas salidas. Aparecía en plena noche y obligaba a tres o cuatro prisioneras a ir con él a restaurantes, al autocine o al Mau Mau, el local de moda en aquellos años en Buenos Aires, en el que recibían a ‘el Tigre’ como si fuera un cliente VIP. Le gustaba exhibirse, hacer ostentación de su poder, de su fama de sanguinario.

- ¿Qué te dirían tus amigos ‘Burbuja’ si te vieran con el principal torturador de la ESMA? – le preguntó, socarrón, a Lila Pastoriza en una de esas salidas.

Y sus acompañantes forzadas debían poner buena cara. A Larralde la mandó a Capuchita por responderle mal en una de esas salidas.

Los abusos sexuales

El dominio sobre los detenidos era tal que algunos oficiales obligaban a algunas víctimas da mantener relaciones sexuales estables con ellos. Lo hacían en el propio centro clandestino o las llevaban a hoteles. Si se resistían eran castigadas.

El teniente de fragata Alberto González, alias ‘Gato’ o ‘González Menotti’ (en referencia al técnico de la selección argentina en el inminente Mundial de 1978, César Luis Menotti, por su afición al fútbol y comentar las novedades sobre el equipo argentino), era uno de los más abusadores con las prisioneras.

Mercedes Carazo nunca olvidará la mirada de ‘Gato’ clavada en su cuerpo desnudo la primera vez que se duchó en la ESMA. Amalia Larralde y Adriana Marcus fueron víctimas de sus “acercamientos”, aunque ambas consiguieron evitar la violación. La primera, sin embargo, acabó también en Capuchita como castigo por el desaire. La segunda le dejó un rodillazo de recuerdo al manoseador.

Casi todas las presas sufrieron abusos sexuales en un grado o en otro. Algunas fueron violadas aun estando embarazadas y al menos una de ellas perdió a su hijo por estas agresiones.

Los dardos de Pernías

Antonio Pernías
Antonio Pernías durante el juicio por el robo de bebés durante la dictadura en 2011.
 

A mediados de 1977, el torturador Antonio Pernías, que se hacía llamar ‘Trueno’, viajó a Estados Unidos, donde compró varias armas por orden del entonces director de la Escuela de Mecánica, Jacinto Chamorro. Entre las novedades que trajo había una pistola con dardos tranquilizantes para caza mayor. Su idea era usarla en los ‘chupes’ para poder dormir de un disparo a las víctimas sin tener que matarlas. Pero debía encontrar la dosis exacta para aturdirlas sin que las dejara dormidas durante mucho tiempo, ya que había que interrogarlas cuanto antes para sacarles información de utilidad. Así que decidió probarlo con uno de los cautivos.

Para ello eligió como blanco a Daniel Schapira por su porte atlético. Al primer disparo pasó más de un día durmiendo, pero ‘Trueno’ siguió usándolo para su experimento, que luego relataba divertido a sus compañeros como una anécdota de taberna. Unos meses después, tras casi un año detenido, Schapira fue “trasladado” de la ESMA y no volvió a saberse de él.
(sigue)
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