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ESPECIAL
ESMA, el símbolo de la infamia
2ª parte (4)

Tras las revelaciones de Astiz tomaron un nuevo sentido las palabras del teatral Acosta cuando sonriendo les amenazaba con “mandarles para arriba”.

-Te damos un pentonaval y te vas para arriba - solía decir - Yo hablo con Jesusito y él me dice quién se va para arriba y quién no.

Jorge 'el Tigre' Acosta
Jorge 'El Tigre' Acosta durante el juicio por los delitos de la ESMA.
 

En las reuniones, los oficiales de inteligencia como Acosta, Raúl Scheller, Jorge Perrén o Juan Carlos Rolón, discutían quién vivía y quién moría como si fuera una partida de ajedrez en la que cada uno sacrificaba algunas de sus piezas para salvar otras que consideraba más valiosas. Los prisioneros daban una especie de estatus a los responsables de sus casos y, por lo tanto, intentaban mantener a los más importantes.

- ‘El Tigre’ Acosta te quiere matar – le advirtió un día Rolón al prisionero Andrés Castillo – Yo te quiero salvar. Voy a hacer lo posible para salvarte. Pero tu situación es muy difícil. El acuerdo es que, para que se mate a alguien, tiene que haber unanimidad. Perrén se abstuvo, yo voté en contra. Te salvaste por unos días.

En esa particular estrategia de vida y muerte, Rolón, por alguna razón, quería salvar a Castillo, pero eso no le impedía votar por la muerte de muchos otros presos. “Si lo trasladan a Castillo, yo hago boleta a otros”, llegó incluso a amenazar una vez ante otros miembros de ese peculiar comité del terror.

Algunos presos que no tenían militancia y a los que no se podía extraer información útil eran liberados, pero era la excepción más que la norma.

Los cautivos de los centros clandestinos eran buscados por sus familias, que recorrían comisarías, cuarteles y juzgados para dar con su paradero, pero en ningún sitio figuraban como detenidos. Comenzaron a presentar habeas corpus para que las autoridades tuvieran la obligación de presentarlos ante un juez en caso de haberlos arrestado, pero en todos los casos la respuesta fue negativa. Incluso desaparecieron algunos abogados que habían colaborado en la presentación de esos trámites legales.

Argentina se había convertido en un lugar donde la gente se esfumaba de un día para otro. De repente dejaba de ir a su casa, a su trabajo, a los lugares que frecuentaba. En un determinado momento nadie volvía a tener noticias suyas. Los desaparecidos se contaban primero por cientos. Luego, por miles.

Una “cura” contra la ideología subversiva

En la ESMA hubo sin embargo un pequeño grupo de víctimas que consiguió sobrevivir incluso después de haber pasado varios meses, algunas incluso años, encerradas. Fue una de las características de este campo de exterminio que lo diferenció de otros y que a la postre haría que fuera uno de los más conocidos. Es lo que los responsables del lugar denominaron “proceso de recuperación para los valores occidentales y cristianos”. Empezó como un programa de lavado de cerebro y trabajos forzados con el fin de “curar” a los presos de su ideología subversiva y recuperarlos para la sociedad.

Al principio utilizaban a unos pocos cautivos, principalmente para la falsificación de documentos y la lectura, recorte y clasificación de noticias de prensa. Los excesos del régimen militar ya estaban siendo destapados en los medios internacionales y a la Armada le interesaba saber qué se decían en el extranjero sobre Argentina. Así que ponían a secuestrados para hacer el trabajo. Estas tareas tenían lugar en el sótano del Casino de Oficiales, donde los que las desarrollaban debían escuchar los gritos de los torturados.

Luego conformaron un grupo para que hiciera remodelaciones en el centro clandestino de detención: levantar tabiques para crear nuevas oficinas o habitáculos, efectuar pequeños arreglos, construir ‘la Huevera’… Este grupo fue denominado ‘La Perrada’. Además de los presos, que debían trabajar engrillados y esposados, los acompañaban algunos cadetes. De esta forma los reos tuvieron ocasión de conocer bien la disposición de todo el edificio.

“Reeducados" en una pecera

Para finales de 1977 el grupo sometido a ese “proceso de recuperación” era ya algo numeroso, así que se creó un espacio especial en el tercer piso, en el mismo lugar donde estaba ‘el Pañol’. Se trataba de una especie de oficina con un cristal de acrílico. Evitaron el uso de cristal para impedir que los prisioneros lo usaran para suicidarse.

Espacio del Casino de Oficiales en el que se instaló 'La Pecera'
 
 

Allí instalaron muebles robados a sus víctimas y una biblioteca con los libros procedentes también de la rapiña. En ocasiones en que estaban allí trabajando los secuestrados, llegaban los oficiales de la ESMA con altos mandos de la Armada y otras fuerzas para mostrarles cómo “reeducaban” a sus subversivos. Los miraban a través de aquel cristal como quien estuviera viendo pececitos de colores en un acuario. Por eso llamaron a ese lugar ‘La Pecera’.

Los encargos eran múltiples, desde coser botones, hacer remiendos, sacar fotocopias, limpiar oficinas o clasificar la ropa robada hasta hacer traducciones o complejos informes que luego la Armada presentaba como propios.

Víctor Fatala, 'chupado' en noviembre de 1978 y encargado en La Pecera de revisar la prensa, fue despertado una noche por los marinos. Se enteraron de que el Ejército de tierra estaba preparando un proyecto sobre educación terciaria y ellos tenían que adelantársele. Luego, de vuelta a sus funciones de examinar los periódicos vio el proyecto publicado y su autoría atribuida a la Armada.

Incluso varios debieron redactar trabajos que los marinos o familiares suyos los presentaran para aprobar cursos en la Escuela de Guerra.
(sigue)
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