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ESPECIAL
ESMA, el símbolo de la infamia
2ª parte (6)

Los tentáculos de la ESMA no sólo abarcaban Argentina, también podían extenderse al exterior, en particular a otros países sudamericanos con dictaduras militares. A algunas de sus víctimas las llegaron a llevar a La Paz, en Bolivia, para que trabajaran en una agencia de noticias creada para limpiar desde el exterior la imagen de Massera.

El dominio que tenían sobre el país las Fuerzas Armadas era tal que los represores no tenían el mínimo temor de que se fugaran estos “trabajadores externalizados”. ¿Dónde iban a ir? La resistencia estaba diezmada, casi desarticulada, como demuestra el hecho de que el número de ‘chupes’ fuese disminuyendo. Quien logó huir del feroz exterminio se exilió fuera del país.

Robo y extorsión, los “valores cristianos” de los marinos

Pero además del trabajo de los secuestrados, el proyecto de Massera necesitaba financiamiento.

La Unidad de Tareas no se limitaba a saquear las casas de sus víctimas. Les robaban sus autos, sus negocios, sus terrenos o sus bienes inmuebles. En ocasiones se quedaban con ellos sin más. Pero otras veces necesitaban hacerlo de modo más formal para poder venderlos, así que las obligaban a firmar documentos de compraventa de estas propiedades (sin darles el dinero estipulado en el documento, por supuesto) o a venderlas para entregarles directamente el dinero. O les hacían signar poderes en blanco para luego ir arrebatándoles el dinero o bienes que encontraran a sus nombres.

Se calcula que miles de personas desaparecieron tras pasar por la ESMA
Se calcula que miles de personas desaparecieron tras pasar por la ESMA.
 

Incluso muchos familiares fueron extorsionados y forzados a entregarles casas o terrenos bajo la amenaza de matar a los cautivos. Cuando esto sucedía, los secuaces de la ESMA, los grandes defensores de los “valores occidentales y cristianos”, casi nunca cumplían con su palabra y el detenido en cuestión no volvía a aparecer.

No faltó la oportunidad en la que el robo se convertía en el motivo del secuestro en vez de en su consecuencia.

Ana María Martí conoció durante su cautiverio en Capucha a Beatriz di Leo, una notaria que aseguraba desconocer por qué había sido detenida, pues no llevaba a cabo ninguna actividad sospechosa ni incómoda para la dictadura. Un día la bajaron al sótano y al regresar, tras haber sido picaneada, le reveló que ya sabía la razón por la que estaba ahí: su marido, Telmo González, de quien estaba en un proceso de divorcio que se había complicado por el reparto de bienes, era un buen amigo de Acosta.

Durante su tortura a manos de su esposo y de ‘el Tigre’ le habían intentado obligar a firmar unos documentos renunciando a todas sus propiedades. Sabía que en el momento en que ella estampara su rúbrica en esos papeles su destino estaría sellado.

Varias veces subía del sótano llena de moratones. Hasta que un día volvió más lastimada de lo normal. La habían maltratado tanto que terminó firmando. En el siguiente traslado se la llevaron.

Rádice, el hombre que movía el dinero

El tamaño del expolio fue tal que los marinos crearon varias inmobiliarias para blanquear y gestionar estas casas y terrenos. El responsable de administrar todo este botín era el teniente de fragata Jorge Rádice. Algunas de las víctimas del “proceso de recuperación” fueron obligadas a trabajar en esas inmobiliarias, bien en la remodelación de las propiedades que luego vendían, bien en tareas administrativas.

Rádice, a quienes los secuestrados conocían por el sobrenombre de ‘Ruger’, era la mano derecha de Acosta y un hombre de confianza de Massera. Su función principal era dirigir la logística de la Unidad de Tareas 3.3.2 junto con el teniente de corbeta Omar Savio, alias ‘Norberto’.

Eso no les impedía participar en los ‘chupes’. Pese a la división del grupo en secciones operacional, logística y de inteligencia, el reparto de funciones en la Escuela de Mecánica era difuso. Todos participaban en las distintas acciones. Todos torturaban y todos salían a secuestrar, incluso quienes se dedicaban cotidianamente a logística o los médicos, los denominados ‘Tommys’.

- Acá todos hacemos todo. Acá todos ponemos los deditos – solía decir ‘El Tigre’ mientras gesticulaba con sus dedos simulando empaparlos en un plato.

Ruger’, fanático de las armas de fuego y aficionado a la caza, se ufanaba de ser un gran tirador. Aseguraba que había cazado todo lo cazable en Argentina y que, dadas las condiciones del momento, estaba en situación de añadir un nuevo tipo de presa a su colección: seres humanos.

Pese a sus bravatas, en los operativos no solía exponerse mucho y más bien era usado en la retaguardia como francotirador.

- Esos marinos cagones, cuando tiene que ir al frente nos mandan a nosotros – se quejó una vez el comisario Ernesto Frimon Weber, el ‘Dos Veinte’ frente al prisionero Ricardo Coquet – Se guardan, como ‘Ruger’, que lo ponen a tirar desde una ventana, pero cuando hay que reventar una puerta o tirar una granada siempre estamos los policías ahí adelante.

Rádice era además uno de los oficiales de más alto rango de la ESMA y, como tal, responsable de algunos presos. Como de Alfredo Ayala, a quien en determinado momento llamó para decirle que había pasado satisfactoriamente las “pruebas de recuperación”, por lo que había decidido darle “una oportunidad”. Dicha oportunidad consistía en tener que trabajar en un taller de un tío de ‘Ruger’. Tras unos meses, Ayala le planteó al tío que quería empezar a ganar un sueldo por su trabajo. Al día siguiente, Rádice apareció en el negocio, lo agarró de las solapas y, levantándolo en andas y le espetó:

-Esto es el proceso de recuperación. O estás acá o estás “arriba”.

(sigue)
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