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ESPECIAL
ESMA, el símbolo de la infamia
2ª parte (y 8)

Un día de agosto de ese 1977, María Hilda Pérez comienza con las contracciones. Cuando el ‘verde’ de guardia se la está llevando, una compañera de cautiverio, Lydia Vieyra, pide permiso para acompañarla y las trasladan a las dos a una pieza situada junto a los baños de la tercera planta que estaban empezando a aclimatar para las embarazadas.

Instantes más tardes llega el médico militar Jorge Luis Magnacco. Lydia Vieyra lo reconoce enseguida pues su padre era un pediatra civil que había trabajado en el Hospital Naval bajo sus órdenes y se lo había presentado a su hija en una ocasión. Juraría que él también la identifica, aunque no dice nada.  El único mobiliario de la habitación son una cama y una mesa de madera en la que se acuesta la parturienta. No hay ningún tipo de instrumental médico, ni la higiene adecuada, pero María Hilda ya había tenido una niña poco más de un año antes y el alumbramiento de su segunda hija se lleva a cabo sin problemas.

Magnacco se limita a cortar el cordón umbilical, le da la bebé a Vieyra y se larga sin siquiera interesarse por el estado de la paciente. Una vez solas, ‘Cori’ salta de la cama y toma a la niña.

- Le vamos a poner Victoria – le indica a su compañera. Era un milagro, asegura, que hubiera nacido en esas circunstancias.

Como todavía no está convencida de que le vayan a entregar a la niña a su madre, con una aguja le hace un pequeño agujero en una oreja y le enhebra un hilo. Así, si acaba en un orfanato, podrían reconocerla.

En efecto, a las dos semanas le quitaron a Victoria. Pero no para entregársela a los abuelos, ni para dejarla en un orfanato. Azic, el cruel torturador de bebés, se la quedó y la inscribió en el registro civil, no como adoptada, sino como si fuera su hija biológica.

Victoria Donda
Victoria Donda acabó recuperando su identidad y se convirtió en una activista de los derechos humanos y diputada de izquierdas.
 

No fue la única. Tres años más tarde, hizo lo mismo con Laura Ruiz Dameri, la hija de otras víctimas de la Unidad de Tareas 3.3.2, Orlando Ruiz y Silvia Dameri, secuestrados junto con sus otros dos vástagos: Marcelo, de cuatro años, y María, de dos. Los dos menores fueron abandonados en sendos hospitales infantiles, él en la ciudad de Córdoba y ella en la de Rosario. A cientos de kilómetros de distancia el uno del otro, y de Laura, que se quedó en Buenos Aires como hija de Azic. El objetivo era que nunca se volvieran a reunir.

Secuestrados desde el nacimiento

En la ESMA, como en otros centros clandestinos del régimen de facto, se implementó un macabro sistema de sustracción de bebés. La mayor parte de los hijos de presos políticos nacidos en cautiverio durante la dictadura fueron entregados a familias de militares o de adeptos al régimen. El objetivo era evitar que fuesen criados por sus familias biológicas y acabaran siendo “subversivos”, como sus padres.

La particularidad de la Escuela de Mecánica es que fue uno de los campos de concentración a los que eran llevadas las embarazadas de otros en los que había condiciones todavía peores para un parto.

Chamorro llamaba a la habitación que habilitaron para acogerlas “mi pequeña Sardá”, en referencia a una conocida maternidad de Buenos Aires.

Muchas detenidas embarazadas fueron llevadas a la ESMA para dar a luz y robarles a sus bebés
Muchas detenidas embarazadas fueron llevadas a la ESMA para dar a luz y robarles a sus bebés.
 

Normalmente era Magnacco el que atendía los partos, todos con la misma “profesionalidad” que el de ‘Cori’.

A las madres, a las que sólo dejaban unos días con sus bebés, les decían que los iban a entregar a sus familias. Les hacían escribir cartas para dárselas junto con los niños en las que debían poner, entre otras cosas cómo querían llamarlos. Incluso, los represores les llevaban al nacer un canastilla y ropa de bebé. Algunas eran tan lujosas que hicieron sospechar a algunos presos, extrañados de que se hubieran tomado tanta molestia por el hijo de un “subversivo”. Luego, un ‘Pedro’, normalmente Héctor Febres  (alias ‘Selva’) o ‘Pedro Bolita’, se los llevaba y no se volvía a saber de ellos, ni en el centro clandestino de detención, ni en los hogares de sus familias biológicas.

Unos 500 niños fueron robados de este modo en toda Argentina durante la dictadura. Secuestrados desde el momento de su nacimiento, obligados a crecer ignorantes de su verdadera identidad. En algunos casos, quizás de por vida, pues apenas un centenar ha sido recuperado hasta el momento. No se sabe a ciencia cierta cuántas mujeres dieron a luz en la ESMA. Una sobreviviente de este centro de detención, Sara Solarz, tuvo contacto con hasta 15 de ellas.

La perversidad de este plan de sustracción de bebés suponía que las madres debían morir. De lo contrario, serían una prueba viviente de la desaparición de sus hijos. Ninguna sobrevivió.

Adolfo Donda no sólo no cumplió con su palabra, también se apoderó de la otra hija de su hermano tras entablar un juicio contra la madre de María Hilda. ‘Cori’, poco tiempo después de que le arrebataran a su bebé, fue “trasladada”. Ella y José María Donda siguen desaparecidos más de 30 años después.

- Aquí no hay privilegios para nadie, No se salvó ni mi hermano. Mi hermano era un subversivo, era un terrorista como vos. Cayó, pero no pude salvarlo – le dijo en una ocasión ‘Jerónimo’ a una prisionera.

(fin de la segunda parte)
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