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ESPECIAL
México: ciudadanos en pie de guerra
contra el crimen organizado
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Enero 2014. P. Álvarez
México es como un queso gruyere, lleno de agujeros en los que el Estado prácticamente no existe y quien manda es el crimen organizado, que se dedica principalmente al narcotráfico, pero que busca diversificarse hacia negocios como la trata de mujeres, el tráfico de indocumentados, el secuestro, la piratería, el robo de combustible, la extorsión mafiosa... La mayor parte de estos vacíos está en el norte, donde el poder de los narcotraficantes se ha estado gestando durante años. Pero desde hace dos años la situacion comenzó a explotar en algunas regiones del sur del país, particularmente en Michoachán y Guerrero, donde en varios pueblos los ciudadanos, hartos de la pasividad o la directa complicidad de las autoridades con los criminales, se levantaron en armas armas y decidieron garantizarse ellos mismos la seguridad. El gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, que desde que llegó al poder en diciembre de 2012 decidió que la mejor estrategia contra la violencia era no hablar de ella, tuvo una reacción tibia y ni restauró el orden en esas zonas ni se animó a desarmar a estas milicias. Ahora, el enfrentamiento entre autodefensas y narcotraficantes se ha recrudecido en Tierra Caliente, feudo de un cártel autodenominado Los Caballeros Templarios, y amenaza con convertirse en una auténtica guerra civil.

Ronda comunitaria de Cherán
Ronda comunitaria de Cherán, el primer pueblo de Cherán en levantarse contra el crimen organizado.

La estrategia del gobierno del presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, de sacar el problema de la violencia en el país sacándolo de la agenda de los medios nacionales ha saltado por los aires en los últimos días con el avance en una región conocida como Tierra Caliente, situada unos 500 kilómetros al noroeste de la capital, de un pequeño ejército de civiles levantados en armas contra los abusos de los cárteles del narcotráfico.

Los grupos de autodefensa, que comenzaron a proliferar hace dos años en el centro y sur del país, intentaron por segunda vez instalarse en Apatzingán, la localidad más importante de una región conocida como Tierra Caliente, feudo del cártel de los Caballeros Templarios, y en pueblos aledaños.

La primera vez que lo intentaron, en octubre, las fuerzas de seguridad les impidieron entrar con armas y fueron expulsados a granadazos por los sicarios. Pero esta vez volvieron con nuevos bríos y consiguieron asumir la seguridad de la ciudad, de unos 100.000 habitantes.

El gobierno mexicano está atrapado entre su incapacidad para reducir el poder del crimen organizado, que ejercen el terror en varias partes del país en las que el Estado está prácticamente ausente, y el surgimiento de grupos de civiles armados que, hartos de estar subyugados a estas organizaciones criminales, han decidido recuperar sus pueblos a punta de escopeta, en algunos casos, y de kalashnikov, en otros.

Éste último es el caso de Tierra Caliente, una región caracterizada por sus altas temperaturas y que concentra la mayor parte de la producción de limón y de aguacate del país. Es también un punto importante en la ruta de la droga hacia Estados Unidos, con plantaciones de marihuana y laboratorios para la fabricación de drogas sintéticas con precursores químicos que llegan por el cercano puerto de Lázaro Cárdenas, en la costa del Pacífico.

En febrero de 2013 surgieron los primeros grupos de autodefensa en tres pueblos de esta zona hartos de los asesinatos, secuestros, extorsiones y violaciones de Los Caballeros Templarios, un cártel con un discurso mesiánico y pseudoguerrillero, pero con un comportamiento mafioso.

El gobierno, rebasado

Ante este claro desafío a su autoridad, el gobierno no supo cómo reaccionar. Por una parte, no podía permitirse el perder el monopolio del uso de la violencia contra el crimen.

Ronda comunitaria de Cherán
Los grupos de civiles armados para autoprotegerse han proliferado sin que el gobierno les ponga coto.
 

Pero por otra, era consciente de que este fenómeno era consecuencia directa del abandono estatal en que vive una zona en la que el crimen organizado ha impuesto durante mucho tiempo su propia ley. E intentar desarmar a estas milicias no sólo acarreaba el riesgo de propiciar una auténtica insurrección popular de consecuencias imprevisibles, sino que, de lograrlo, suponía condenar a muerte a sus miembros, dejándolos a merced del sanguinario y vengativo narcotráfico.

Peña Nieto hizo lo que había hecho su antecesor, Felipe Calderón, con escasos resultados y trágicas consecuencias (la exacerbación de la violencia y la multiplicación de los asesinatos y desapariciones) y envió a patrullar al ejército. En los primeros días detuvo a 34 miembros de las autodefensas a los que acusó de trabajar para un cártel rival del de los Templarios, Nueva Generación, que opera en el vecino estado de Jalisco. Pero toleró que los demás vecinos alzados siguieran armados resguardando sus comunidades con barricadas y con patrullajes.

Las autodefensas siguieron expandiéndose por otros pueblos y desde la primera semana de este año las autodefensas relanzaron una ofensiva para ir recuperando otras localidades de manos del narco hasta llegar a Apatzingán, bastión de los Templarios. Con ello, la violencia ha ido in crescendo y amenaza con convertirse en una auténtica guerra.

Incluso el gobierno de Estados Unidos ha manifestado su preocupación por esta situación.

En los municipios “conquistados”, y ya van 11, estas milicias desarmaron a los policías y expulsaron a las autoridades locales por su complicidad con los criminales o, cuanto menos, su pasividad. Los delincuentes, obligados a ir replegándose, en una estrategia de tierra quemada, incendiaron tiendas, ayuntamientos y vehículos y bloquearon vías de comunicación.

Durante varios días, las clases han estado suspendidas, los hospitales sólo han atendido urgencias, el servicio telefónico se ha visto interrumpido intermitentemente y los autobuses de pasajeros y camiones de reparto han dejado de circular por la zona, lo que ha provocado carestías de alimentos y gasolina.

Desde hace tiempo muchas voces vienen advirtiendo de que la situación puede seguir la deriva que sufrió Colombia, donde los grupos de autodefensa se convirtieron en un actor más en el conflicto contribuyendo a agravarlo.

Policía Ciudadana y Popular de Temalacatzingo
Campesinos, maestros, comerciantes, médicos, pequeños empresarios... se han unido a los grupos de armados para defender sus comunidades.
 

Han surgido versiones de que las milicias mexicanas han recibido en secreto entrenamiento y armas del Ejército. Otras acusan a los ciudadanos armados contra los Templarios de ser promovidos sus rivales de Jalisco Nueva Generación.

Entretanto, el Ejecutivo de Peña Nieto sigue manteniendo una posición ambigua.

El ministro de Gobernación (Interior), Osorio Chong, ha asegurado que los civiles “no pueden estar armados”. “En esto no hay declinación, no se les permitirá”, ha manifestado.

Por otra, ha mantenido conversaciones con los vecinos alzados. Incluso brindó protección a uno de sus líderes, José Mireles, cuando la avioneta en que viajaba sufrió un accidente y tuvo que ser hospitalizado.

Ha enviado a la zona por enésima vez a policías federales y militares para tratar de desarmar a estos grupos y de garantizarles seguridad. Pero no han conseguido ni lo uno ni lo otro.
Los contingentes enviados encontraron resistencia y dos personas murieron por supuestos disparos de los militares, así que no lo intentaron más.

(sigue)
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