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ESPECIAL
Los españoles en el infierno de las cárceles peruanas

30 de enero de 2017. Pablo Pérez Álvarez.
Más de 1.300 españoles están encarcelados en países extranjeros en todo el mundo. La mayoría de ellos en países Latinoamericanos, donde desde que comenzó la crisis económica se multiplicó el número de ellos que intentaron salir del hoyo transportando pequeños alijos de droga. De todo el continente, Perú es el país con más ciudadanos de España en sus cárceles, en las que los presos viven en unas condiciones que no respetan los derechos humanos mínimos: hacinamiento, insalubridad, falta de atención médica adecuada, extorsiones de los guardias y de las mafias de presidiarios que controlan los penales. Existe un convenio entre Perú y España que permite el traslado de sus nacionales presos para que cumplan la pena en sus respectivos países, pero durante muchos años este mecanismo ha estado bloqueado por parte del gobierno peruano.

carcel de sarita colonia
La cárcel de Sarita Colonia, en el Callao, es el presidio peruano donde más españoles presos hay.

(Nota del autor: La mayoría de las personas entrevistadas para este reportaje están identificadas con nombres ficticios a petición propia tratando de evitar en lo posible su identificación ante el temor de sufrir represalias o discriminación. Las que aceptaron ser identificadas son las que aparecen con nombre y apellido)

La pesadilla que le ha tocado vivir a Paco y que ha compartido con muchos españoles repartidos por todo el mundo comenzó como la de tantos otros. Montó un negocio de hostelería en San Sebastián en 2009 y la crisis le golpeó de lleno. “Me arruiné totalmente, perdí la vivienda, perdí el patrimonio, absolutamente todo, y me quedé con deuda en el banco”, cuenta. La historia de Paco toma un giro aún más dramático cuando la desesperación le llevó a tomar la peor decisión de su vida. Cogió un avión a Lima para traerse una maleta de cocaína y así conseguir un dinero que aliviara su situación. Pero en vez de eso, acabó en una cárcel peruana donde el hacinamiento, la corrupción, la extorsión, la prácticamente inexistente atención médica y la inadecuada alimentación convirtieron su vida en un infierno diario.

Es imposible saber cuántos nacionales han recurrido a esta salida para salir del hoyo, pero desde que España fue golpeada por la crisis el número de españoles detenidos por el mundo intentando transportar pequeñas cantidades de droga en vuelos comerciales, lo que en América Latina se suele denominar ‘mulas’ o ‘burriers’, se multiplicó. Y en Perú, país que se disputa con Colombia el liderazgo mundial en la producción de cocaína, aunque la cifra ha descendido en los dos últimos años, todavía quedan unos 240.

“Me ofrecieron esta tontería y yo estaba seguro de que a mí no me iba a pasar nada”. Sin embargo, las mismas organizaciones que organizan este tráfico hormiga de droga a través de los vuelos internacionales delatan a algunos de sus propios ‘burriers’ para usarlos como carnaza y que, con la connivencia generalmente de policías o aduaneros corruptos, otros más puedan pasar sin problemas. “Está clarísimo que me estaban esperando. Cuando facturé, según le pusieron el papelito a la maleta, me pusieron la mano detrás unos policías y me dijeron ‘Oiga, usted, acompáñenos’”, rememora ahora, pocos meses después de haber regresado desde Perú gracias a un indulto.

Algunos de los españoles presos señalan cómo la policía les estaba esperando en el aeropuerto con una fotocopia de su pasaporte. “Es como un ruleta y al que le toca le toca. Uno cae y pasan otros cuatro”, indica Paco.

Un sistema de justicia kafkiano

Una vez caen en las manos de la justicia peruana, los españoles se encuentran a miles de kilómetros de distancia de su red familiar y de amistades y ante un sistema jurídico cuya idiosincrasia desconocen. Un sistema corrupto, lleno de recovecos burocráticos, de códigos que solo los peruanos son capaces de entender y de personajes fulleros, donde los españoles, como el resto de europeos son vistos como una fuente de ingresos a la que exprimir.

Los abogados de oficio tratan de quitárselos de encima cuanto antes y en muchos casos aparecen letrados privados que sólo buscan sacar el máximo dinero posible a sus familias sin hacer nada. “Dos de los tres abogados que he tenido me han robado”, se lamenta Paco. “Los abogados ahí, sobre todo los primeros, los que aparecen en la comisaría, van simplemente a robarte. Te prometen, hablan con la familia, le dicen que lo van a arreglar, le dicen que mande 1.500, 3.000 dólares. Pero todo es mentira”. Por suerte para él, a la tercera encontró con uno bueno y logró que le concedieran el indulto el pasado mes de julio.

Actualmente hay poco más de 1.300 españoles presos en el extranjero (llegó a haber 2.575 en 2011), de los que el 83% es por delitos relacionados con las drogas, según datos de la Fundación +34, que se dedica a apoyar a los españoles expatriados en situación de necesidad por todo el mundo. Cerca de la mitad están en cárceles sudamericanas. Y Perú encabeza el ránking mundial con 243.

"1.200 personas en un espario para 80"

La inmensa mayoría se encuentra en dos penales de los alrededores de Lima: el Sarita Colonia, un penal de la zona portuaria de Callao con graves problemas de sobrepoblación, y Ancón, situado a las afueras de la ciudad.

Paco fue a parar al primero de ellos, al pabellón donde se concentra el grueso de los españoles. Éste “estaba construido para 80 personas, pero estábamos 1.200”.

Los pasillos y la escalera del pabellón son durante el día un hervidero de reclusos. Van, vienen, conversan, venden platos de comida, trapichean con droga, o se sientan en los bancos a ver un televisor que hay en un extremo del corredor. Este tiene unas ventanas a un lado y al otro lado las celdas. En cada una de estas, de unos 20 metros cuadrados, hay una letrina y dos literas de hormigón.

Reporetaje del programa 'Aquí y Ahora', del canal ATV, sobre el hacinamiento en la cárcel de Sarita Colonia.
 

Por la noche, los pasillos se transforman completamente. Se cuelgan unos tablones de las paredes y en cada uno se pone un colchón donde duermen dos presos, cada uno reposa su cabeza junto a los pies del otro. El suelo está también lleno de colchones. El lugar donde duerme cada uno depende de su capacidad económica. Los presos más pudientes descansan en las celdas. Para dormir en el pasillo también hay que pagar, pero menos. Pero aun así no hay espacio para todos, así que los que no tienen nada, se tienen que tender en los rellanos de la escalera, uno reo en cada rellano.

La ley de la mafia

La principal paradoja con que se encuentran los ‘burriers’ es que la mayoría de ellos cometió un crimen por carecer de recursos y una vez que llega a la cárcel se encuentra de que para sobrevivir va a necesitar un chorreo constante de dinero. Aparte del que va a tener que pagar para que un abogado le gestione sus trámites burocráticos y de representación legal y, si tiene suerte, no le robe, dentro de la prisión va a tener que darle dinero tanto a los guardias como a las mafias carcelarias que controlan la vida diaria de cada pabellón.

“Ahí los penales son dirigidos y gestionados por los propios presos. Los funcionarios de prisiones se limitan a cobrar dinero diariamente por dejar a los reclusos que hagan más o menos lo que les dé la gana en sus pabellones”, explica Paco.

Las mafias son la ley dentro de los pabellones. Los reos, españoles o no, son dejados a su suerte en el que les corresponde por n, que prácticamente no entran en ellos salvo casos excepcionales. Ahí se desentienden de ellos y cada uno debe apañárselas como puede, para comprar un lugar dónde dormir, para la limpieza, para tener una alimentación medianamente digna… Y el único lenguaje que se entiende a partir de ese momento es el del dinero.

Quienes controlan cada pabellón son los ‘viejos’. “Son gente de poder, muy respaldada que compra el puesto y compra la delegatura”, afirma Paco. Estos delegados tienen que ser delincuentes de altos vuelos porque el puesto cuesta dinero, mucho dinero. Y lo amortizan con creces. “Montan un negocio tremendo”, continúa el donostiarra. “Cada preso que entra al pabellón tiene que pagar obligado 1.000 soles (unos 300 euros). Lo pagas o lo pagas. Si no lo tienes, tienes que conseguirlo. Ya puedes llamar a tu familia o a quien quieras porque, si no, te van a meter al baño y te van a meter una paliza”.

Pagar por un espacio para dormir

Ellos son los que cobran también por el espacio donde se va dormir y una serie de cuotas mensuales, como la limpieza, y otras extraordinarias. “Viene el Día de la Madre y hay que pagar 50 soles cada preso porque se va a hacer una fiesta. Hay que poner 100 soles para una fiesta para los familiares de los presos. Los extranjeros no tenemos visitas, pero hay que pagar igual”, relata Paco.

“La mafia es como una pirámide. Hay gente que está en el pico de la pirámide, arriba, que pueden llegar a cobrar 9.000 o 10.000 dólares a la semana. Es una barbaridad el dinero que se mueve”, añade Martín Castillo, uno voluntario español de la Fundación +34 que vive en Lima, que visita casi todas las semanas a una u otra cárcel de la ciudad para darles apoyo emocional a sus compatriotas, les lleva medicinas, periódicos, encargos de sus familiares desde España…

No es que las mafias carcelarias se lleven todo el dinero. Los guardias también se llevan su tajada. Reciben su parte de las mafias y cobran por todo lo que pueden. A veces hasta para cruzar una puerta y pasar de una zona a otra de la prisión hay que apoquinar. También hay que pagarles para poder participar en los talleres, necesarios para obtener algún beneficio penitenciario y para elaborar objetos que vender a las visitas y con los que sacar algo de dinero.

Una fiesta con putas, montones de cocaína y orquesta

Paco, que toca el piano, relata uno de los episodios más surrealistas que le tocó vivir en el Sarita Colonia con motivo del cumpleaños del delegado de uno de los pabellones, un narcotraficante ecuatoriano. Ese día, los guardias desaparecieron por arte de magia del patio de ese pabellón y se organizó un tremendo festejo con una orquesta de 16 músicos formada por recursos con Paco al piano: “El patio se convirtió en una fiesta privada para unas 80 personas, todos presos. Había unas 20 putas, con sus tacones, con sus minifaldas, con sus tetas al aire. En las mesas había botellas de Johnny Walker, Ballantine’s... Había un cocinero asando pollos y chuletas. Había platos en las mesas con montañitas de cocaína y de marihuana, teléfonos de última generación y la orquesta tocando todo el día”.

El Estado español, a través de los consulados, otorga una pequeña ayuda económica a los presos en el extranjero. En el caso de Perú son 60 euros mensuales. Sin embargo, esto no suele ser suficiente para todos los gastos que deben costear, pues tienen que pagar incluso por la comida. La escasez de la que les dan en el penal es clamorosa, por lo que algunos reos consiguen comida de fuera y preparan platos para vender a sus compañeros.

La dieta oficial, explica Paco, consiste en “arroz y arroz y arroz: arroz con unas pocas alubias, arroz con unos pocos garbanzos, arroz con unas pocas lentejas... Los martes y los sábados una pieza de pollo, de las que te puede tocar un ala. De desayuno un té, un aguacate, tres panes de maíz que los tiras al suelo y rebotan. Y de cena de una especie de sopa: un agua con fideos”.

 “Nos mantienen al mínimo. Y con la comida que dan, cualquier enfermedad se te complica de una manera extraordinaria”, asegura Andrés, que cumple su condena en el Sarita Colonia. Como tantos otros, Andrés lo perdió todo con la crisis. La empresa dedicada a la energía solar que montó en 2007 se vino a pique. “Trabajé en Cañada del Real, 15 horas diarias recogiendo cartón y fabricando palés. Ahí alguien me propuso” ir a Perú a por cocaína. Lo detuvieron en el aeropuerto con cinco kilos.

El otro gran problema dentro de las cárceles peruanas, agrega Andrés, es el de las adicciones: “Aquí hay de todo: marihuana, cocaína alcohol…”. En la prisión, como muchos otros, él se enganchó a la pasta base de cocaína y ahora está en tratamiento para dejarlo.

Los españoles, una presa codiciada por la mafia de la droga

En las condiciones en que viven en prisión es difícil evitar la tentación de evadirse a través de las drogas, de tener la sensación, aunque sólo sea por unos instantes de que no están ahí, sostiene Martín Castillo. Y las mafias carcelarias están muy interesadas en captar a los españoles, pues saben que reciben dinero del consulado y, en muchos casos, otras ayudas de sus familias.

“A los españoles les llevan a que se metan en la droga. Allí hay muchos que nunca habían probado la droga y se están drogando ahora. Los convierten en clientes”, revela Castillo. “Les van dando la droga durante todo el mes y cuando cobran el sobre del consulado se lo quitan. A veces hasta deben más de lo que les llega. Entonces es cuando vienen las palizas, electricidad en los testículos… de todo”.

Alicia tiene a un familiar preso en Lima . Él tenía apenas 21 años cuando le atraparon en el aeropuerto de Lima con un alijo oculto en una maleta. Asegura que el joven no consumía droga en España pero en las cárceles de Perú –primero estuvo en Sarita Colonia y luego fue trasladado a Ancón- ha acabado enganchado. “Una vez llamó llorando. Se había metido en un problema y necesitaba 300 euros urgentes. Cuando le pregunté cómo se había metido en esa deuda, me contestó: ‘Es que, si estoy borracho, cuando me pegan no duele’”.

No fue el único problema en ese sentido: “Me han llegado a llamar a casa para pedirme dinero gente que estaba en la cárcel con él, diciendo que se lo debía y que si no se lo mandaba le pegaban una paliza”.

"Se murió tirado en un banco. Nadie lo ayudó"

La dejadez que sufren los presos (tanto extranjeros como nacionales) por parte de las autoridades penitenciarias peruanas llegan al extremo de que ellos se tienen que costear las medicinas o los tratamientos de salud si llegan a necesitarlos. El que no tiene un apoyo del exterior y cae enfermo está perdido.

“Yo he visto morirse a un español tirado en un banco en el gimnasio por la noche sin que nadie le atendiera. Era un burrier que ya venía con sida y a los dos días de llegar al Sarita Colonia se quedó muerto en el gimnasio. Nadie lo ayudó”, dice con rabia Julián Vidal, un expresidiario español que cumplió 27 meses de cárcel en Perú.

A Paco, que asegura que vio morir a nueve compatriotas en los dos años que estuvo preso en Lima, le detectaron un cáncer de vejiga mientras cumplía su pena. El médico ya le ha dicho que le van a tener que extraer ese órgano debido al avance de la enfermedad. Él sospecha que fueron las pésimas condiciones de salubridad de la cárcel las que la desencadenaron. Por las noches el suelo del pabellón estaba lleno de colchones con gente durmiendo y “no había un metro cuadrado de suelo libre” por lo que “no te podías levantar para ir al baño y no había más remedio que dormir con una botella de plástico para orinar. Teníamos que hacerlo tumbados”.

"Si sigo aquí, me van a matar"

En el penal para mujeres de Chorrillos, en el norte de Lima, está Mari Carmen Cid, una técnico superior de enfermería a la que detuvieron en 2011 en un hotel de Lima con droga en su maleta justo el día en que iba a volver a España. Ella negó que fuera suya, sino que el guía que contrató durante un viaje de turismo por el país junto con su hija de seis años y que las iba a llevar al aeropuerto se lo metió en un descuido. “El guía, que ya tenía cuatro ingresos en prisión por el mismo delito, dijo que yo no sabía nada y que cuando llegara a España le iban a robar la maleta”, afirma. Pero el juez la acabó condenando a 20 años.

Cuando llegó a la cárcel arrastraba colesterol y triglicéridos altos. Ahora, tras casi seis años allí, ”tengo diabetes, la tensión baja y cáncer de útero. Ya he sufrido dos infartos y un parada cardiovascular”, afirma Mari Carmen, que tiene medio cuerpo paralizado. El año pasado logró que la operaran gracias a que su actual abogada le pagó todo el material: desde la anestesia al hilo y los guantes. “Si tengo que esperar al consulado para operarme de cáncer me hubiera muerto”, critica. Al anterior cónsul, de hecho, no llegó a conocerlo, pero recientemente fue cambiado y el nuevo ha ido a visitarla recientemente.

“Tendrían que operarme cada seis meses, pero desde que me operaron el año pasado sólo me han hecho una revisión”, se lamenta. “Si sigo aquí me van a matar. Con mi salud me muero”, advierte. “El agua del caño no es potable. Viene de depósitos con ratas muertas. Del menú de la cárcel sólo puedo comer el almuerzo”. Con el dinero del consulado compra verduras y se hace ensaladas. También vende tarjetas para sacarse algún ingreso extra.

Andrés ha visto morir ya a dos compatriotas en el Sarita Colonia: “A uno le dio un ictus. Luego otro. A la tercera vez murió. No se le podía mover. Lo agarrabas directamente los huesos”. Denuncia que durante muchos años el consulado no ha hecho nada por estos presos con problemas de salud.

La cuestionada labor del consulado español

Pese a la mejor predisposición del nuevo encargado del consulado, todavía hay quejas de los reos respecto a la falta de información para aquellos que no pueden pagarse un abogado y que deben recurrir a la asistencia consular para sus trámites de libertad anticipada o de traslado a España para terminar de cumplir aquí su pena.

Alicia señala que al principio confiaba en el consulado como enlace con su familiar. Se intercambiaba emails con la legación en los que le decían que éste estaba bien y que no se preocupara. También la usaba para mandar por correo medicinas y productos de higiene personal, a pesar incluso de que tenía que enviar dos artículos de cada producto porque la mitad se perdía en algún parte del trayecto desde que salía de España hasta que llegaba a prisión.

Hasta que un día le telefoneó su familiar pidiendo que averiguara por qué los del consulado llevaban dos meses sin pasar por la cárcel, dejándoles sin el ingreso mensual del que dependen desesperadamente. Llamó y preguntó sin decir que había hablado con el preso. “Ayer estuvimos con ellos. Están bien, no te preocupes. Le hemos dado el paquete. Nos ha dado recuerdos para ti”, le respondieron. “Me mintieron a la cara. A partir de entonces no les he vuelto a escribir”.

Entre Perú y España hay un acuerdo para que los presos de cada nacionalidad puedan ser trasladados a su país de origen para terminar de cumplir la pena. Sin embargo, este mecanismo estuvo completamente paralizado durante los cinco años de gobierno del presidente Ollanta Humala, que dejó el poder el julio pasado. Ahora, con el nuevo presidente, Pedro Pablo Kuczynski, ha entrado una ministra de Justicia, Marisol López, muy comprometida con el tema de los derechos humanos. Consciente del problema de la sobrepoblación de las cárceles, parece dispuesta a enviar al mayor número de presos extranjeros a sus países. En los últimos meses ya han sido trasladados una cuarentena de españoles, y un par de decenas más ya lo tienen aprobado, afirma Castillo, de +34.

Libres, pero sin poder volver a España

Esto les evitará otro de los problemas que han sufrido muchos presos españoles, que cuando son puestos en libertad no pueden volver a España porque, abandonados completamente a su suerte, no tienen dinero para pagar la reparación civil a la que son condenados junto con la pena privativa de libertad o simplemente para comprarse un billete de avión. Son varios los que al salir se quedan atrapados en Perú, algunos incluso en situación de indigencia total.

Julián Vidal salió de prisión hace ya casi ocho años y todavía no ha podido volver a España, como es su deseo. Tras tres años en libertad condicional, obtuvo el permiso para irse en 2012, pero en todo este tiempo no ha conseguido el dinero para pagarse su retorno. Sin permiso de trabajo, sólo ha obtenido empleos precarios e informales: vendiendo pasteles en la calle, como administrador de discoteca o, más recientemente y ya a sus 64 años, haciendo chapuzas en el sector de la construcción.

“Cuando salí, regresé al mundo. Pensé: ‘Menos mal, estoy libre’. Pero es cuando empieza el verdadero problema. Yo estoy deseoso de salir de acá porque ya me estoy muriendo, pero tengo dinero”, asegura.

Paco, Andrés, Julián y el resto de españoles presos en Perú no piden la libertad. Reconocen que cometieron un delito y que deben pagar por ello. Pero quieren que se incrementen los traslados a España para el cumplimiento de pena en cumplimiento de los acuerdos vigentes entre los dos países, una mejor atención por parte del consulado español en Perú y, sobre todo, que se respeten los derechos humanos de los presos.
 
 
 
 
 
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