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ANÁLISIS
Nadine Heredia, una primerísima dama con
mando en las cocinas del poder
de Perú

Lima. Marzo 2014. Pablo Pérez. Álvarez
Nadine Heredia, la esposa del presidente de Perú, Ollanta Humala, dobla los porcentajes de éste en las encuestas de popularidad y, según muchos de los críticos y no tan críticos del gobierno, le supera también en cuanto a poder de decisión, pese a no haber ganado ninguna elección ni ostentar cargo formal alguno. Esta acusación ha abierto un flanco en el Ejecutivo por el que ha redoblado su ofensiva la oposición al gobierno en los últimos días, después de un nuevo incidente: la renuncia del presidente del Consejo de Ministros, César Villanueva, sólo cuatro meses después de asumir el cargo, que supuestamente es el segundo mayor del país tras el del presidente, tras haber sido desautorizado por Heredia y por uno de sus ministros más cercanos, Luis Miguel Castilla, titular de la cartera de Economía y Finanzas.
 
Nadine Heredia, Ollanta Humala y César Villanueva
Nadine Heredia, Ollanta Humala y César Villanueva. Autro: Presidencia de Perú.

La influencia política de algunas primeras damas en sus esposos presidentes no es ninguna novedad. Cuando el futuro primer ministro británico Tony Blair (1997-2007) conoció a su esposa, Cherie, ella tenía más interés en la política que él y en sus inicios al adalid de la Tercera Vía le tocó en alguna ocasión jugar el papel del “esposo de la candidata” en unas elecciones legislativas. Por no hablar de Hillary Clinton, sin cuyo contrapeso de responsabilidad, quién sabe qué hubiera sido del calavera Bill (1993-2001). O incluso el mexicano Vicente Fox (2000-2006) cuyo sometimiento a los dictados de su esposa, Marta Sahagún, fue la comidilla durante la administración del hombre que puso fin a siete décadas de gobierno del PRI.

Sin embargo, en todos los casos, tanto ellos como ellas guardaban las formas y se observaba la institucionalidad. Cualquier ascendiente que pudieron tener las primeras damas sobre las políticas de sus maridos era ejercido puertas adentro, fuera de las miradas de la ciudadanía.

En Perú eso es precisamente de lo que acusan la oposición y numerosos analistas y medios de comunicación a Nadine Heredia, la esposa del presidente Ollanta Humala: de un excesivo protagonismo, de dar órdenes a los ministros y de ejercer funciones de gobierno sin haber sido elegida y sin tener ningún cargo oficial y, por lo tanto, ninguna responsabilidad, hasta el punto de tener más poder que el presidente del Consejo de Ministros.

Este puesto, también denominado premier o primer ministro, es en teoría el segundo mayor del país. Es el encargado de coordinar a los ministros, de servir de puente entre éstos y el presidente. Además, es el portavoz del gobierno. Pero las injerencias de Nadine parecen haber devaluado este puesto a una función casi decorativa. Ya son cinco los que han pasado por ese puesto en los poco más de dos años y medio de Humala en el poder.

El segundo de ellos, Óscar Valdés, reconoció en declaraciones al diario La República, que casualmente descubrió que algunos de sus ministros despachaban directamente con Heredia, ninguneándolo, por lo que prohibió a los miembros del gabinete hablar con la primera dama bajo amenaza de dimitir.

El fantasma de la reelección conyugal

Al principio Heredia era acusada de aspirar a suceder a su esposo en las elecciones de 2016, al estilo de Cristina Kirchner en Argentina, lo que fue denominado por la oposición como “reelección conyugal”, algo prohibido por la ley peruana.

Caricatura de Carlin
Caricatura de Carlin en el diario La República.
 

El papel oficial de Heredia es, como el de la mayoría de las primeras damas en el continente americano, promocionar y ser la cara de los programas sociales, la prioridad declarada del gobierno de Humala, quien trata de emular el modelo del brasileño Lula da Silva. Pero su alta visibilidad, su papel protagónico en un viaje a Brasil acompañando a algunos ministros peruanos y un lapsus al llamar “mis ministras” a las titulares las carteras de la Mujer, Educación, Salud e Inclusión Social desataron las críticas.

Tras un primer desmentido de Heredia de querer presentarse como candidata en 2016, la polémica se recrudeció cuando se hizo pública una conversación telefónica interceptada al ministro de Defensa, Pedro Cateriano, en la que este le dice a su interlocutor que le ha dado “luz verde Nadine Heredia” para unas licitaciones destinadas a la compra de equipamiento militar.

Cateriano se justificó alegando que a veces, al no poder hablar directamente con el presidente, es su esposa la que hace de correa de transmisión de sus decisiones. Pero el plato ya estaba servido para que la oposición redoblada sus ataques.

Particularmente el fujimorista Fuerza Popular y el partido aprista, ávidos de argumentos con los que golpear al gobierno debido a los apuros judiciales de sus respectivos líderes: Alberto Fujimori, que busca insistentemente la amnistía o la anulación de sus numerosas condenas por las violaciones a los derechos humanos y los actos de corrupción en que incurrió durante su mandato (1990-2000), y Alan García, investigado por varias irregularidades durante su gobierno, como el indulto de varios cientos de condenados por delitos de narcotráfico.

También la prensa peruana, siempre deseosa de controversias que animen sus noticieros, ha encontrado en el tema un filón. En cuanto puede busca hechos o declaraciones que alimenten esa hoguera. Y no se tiene que esforzar mucho. Ella nunca rehúye a los periodistas y responde solícita a sus preguntas. Pero a veces no mide bien las consecuencias políticas de sus palabras.

La familia que gobierna unida permanece unida

Tampoco Humala parece inclinado a dejar prudentemente atrás el tema. El pasado 30 de octubre, en una entrevista con el periodista argentino Andrés Oppenheimer para la CNN en Español, respondió con un “no categórico” a la posibilidad de que su esposa pudiera ser candidata presidencial en 2016.

Con eso zanjaba de una vez por todas el tema de la “reelección conyugal”. Pero sólo 10 días después, en un discurso durante la inauguración de unas obras, volvió echar leña al fuego: “Trabajamos de la mano con Nadine como una familia, con hijos, porque creemos que es mejor gobernar el país como familia que como una sola persona. Tenemos que trabajar juntos”, declaró.

Quizás sólo intentaba colgarse de su esposa para subir en las encuestas, pues desde hace meses ella le supera en popularidad. Mas si es así, el resultado de la estrategia es muy pobre, pues su nivel de aprobación no ha dejado de bajar, salvo un breve repunte a principios de este mes a consecuencia de una resolución en la Corte Internacional de Justicia de La Haya que devolvía a Perú una parte de mar que estaba antes bajo soberanía chilena.

De acuerdo con el último sondeo de la encuestadora GFK, publicado el 23 de febrero, la aprobación de su labor era del 21%, su nivel más bajo desde que llegó al poder en 2011. Heredia casi le dobla con un 39% de opiniones a favor y aunque esto supone que había perdido cuatro puntos porcentuales respecto al mes anterior, se mantenía entre las políticas mejor valoradas del país, por encima de los principales líderes de la oposición.

Lo que sí consiguió el presidente es introducir un nuevo concepto para alimentar a sus críticos: el de “gobierno familiar”.

Heredia tiene ciertamente más desenvoltura política que Humala, un militar retirado con un poco claro programa político y un discurso poco estructurado. Pero este asunto de su influencia en el gobierno no hace sino relegar todavía más de la agenda política los temas que le interesan imponer al gobierno, ya de por sí atenuados por la deficiente estrategia de comunicación del Ejecutivo.

Para hurgar aún más en la herida, el 29 de diciembre último, Humala impuso a su esposa como presidenta de su formación política, el Partido Nacionalista Peruano (PNP). Como se ha visto después, de este modo se ha tratado de justificar su rol en el gobierno y su estrecha coordinación con algunos ministros, pero no ha hecho más que despertar nuevas críticas.

El incidente Villanueva

El último episodio de la telenovela en torno a la pareja presidencial ha sido el más ruidoso hasta la fecha y ha supuesto la renuncia del primer ministro César Villanueva.

Villanueva, un político independiente que ejercía como gobernador del departamento selvático de San Martín, se convirtió a finales de octubre en el cuarto presidente del Consejo de Ministros en los dos años y medio de gobierno de Humala. Sustituyó a Juan Jiménez, cuya autoridad era cuestionada por la supuesta dependencia de Heredia de buena parte de los ministros.

Nadine Heredia, Ollanta Humala y César Villanueva
Dos son compañía, tres son multitud. Foto de la Presidencia de Perú
 

Con fama de conciliador y con una agenda encabezada por la descentralización del poder, demasiado concentrado en Lima, llegó, por lo tanto, al puesto apremiado a hacer cambios en el gabinete para poner a gente de su confianza y asegurarse su preeminencia. Mas los cambios no llegaron con la excusa de esperar a que se produjera el importante fallo del tribunal de La Haya.

Pero justo el día anterior a la esperada renovación ministerial, el pasado 24 de febrero, Villanueva presentó intempestivamente su renuncia. Tras cuatro meses prácticamente ausente la escena política, consiguió uno de los pocos titulares que protagonizó en ese periodo al afirmar que el gobierno estaba estudiando la posibilidad de aumentar el salario mínimo peruano, de 750 soles (unos 270 dólares).

Sin embargo, sólo un día después Heredia le enmendó la plana al asegurar que ese asunto “no está en discusión en este momento”. La primera dama no sólo puso en entredicho a Villanueva. Suponía además una aseveración políticamente incorrecta cuando sólo una semana antes el gobierno había soliviantado a muchos sectores al aprobar un aumento salarial a los altos funcionarios del gobierno que duplicaba el sueldo de los ministros de 15.000 a 30.000 soles (cerca de 10.500 dólares).

La respuesta poco comprometedora de Villanueva no sólo era más adecuada para calmar los ánimos, aunque fuera para salvar provisionalmente la plana y finalmente se descartara el aumento; sino que además era cierta, como había quedado constancia en El Peruano, el diario oficial del gobierno, unas semanas antes y como ratificó la ministra de Trabajo, Nancy Laos.

Aun así, el desaire al premier se redobló cuando el ministro de Economía y Finanzas Miguel Castilla, reiteró en una entrevista televisiva que el tema “no está en agenda” y que había comentado el asunto con Humala durante una gira por Oriente Medio que llevaban a cabo cuando Villanueva hizo sus declaraciones y que éstas les habían sorprendido a ambos.

Ese mismo día, justo la víspera de la renovación ministerial, el primer ministro le presentaba su renuncia a Humala.

Villanueva, quien no se caracteriza precisamente por la claridad de sus palabras ni por terminar las frases, en un principio trató de irse en buenos términos y negó que su marcha se debiera a las declaraciones de Heredia, pues ella no formaba parte del gobierno y tenía derecho a opinar. En varias entrevistas insinuó que se debía más bien a las palabras de Castilla, un hombre cercano a la esposa del presidente y considerado uno de los hombres fuertes del gabinete.

Si embargo, más tarde se desdijo y sostuvo que había presentado su dimisión antes de las palabras de su ministro y acusó a Heredia de “intromisión” en el gabinete.

Para entonces, la arremetida contra la primera dama ya había alcanzado una gran magnitud y los congresistas de la oposición criticaban el trato dispensado a Villanueva. Uno de ellos, Héctor Becerril, de Fuera Popular, sugirió incluso evaluar la destitución de Humala por “incapacidad moral”, en una salida de tono descartada casi con unanimidad.

Incluso el padre del presidente, Isaac Humala, que está hace tiempo distanciado políticamente de su hijo, indicó que su nueva estaba “loca de atar” por el poder.

Una renovación ministerial al gusto de la primera dama

Pero el caso es que el incidente no hace más que ratificar la idea de que Heredia ejerce un poder preponderante en el gobierno y que no pone mucho empeño en disimularlo.

La renovación ministerial fue mínima y hubo más bien un baile de carteras con sólo tres salidas -entre ellas la de la ministra de Trabajo que había contradicho a Heredia- y el nombramiento como premier del que era ministro de Vivienda, René Cornejo, otro hombre del círculo de Heredia.

Se había especulado con la salida de Castilla tras el incidente con Villanueva, pero el ministro de Economía quedó reforzado en su puesto.

Portada de la revista Caretas
Portada de la revista Caretas.
 

A pesar del autogol que se hizo el gobierno, Nadine Heredia apareció radiante en la juramentación de los nuevos ministros, al lado de un más circunspecto Humala. Como si la cosa no fuera con ella, a la señora no se le ocurrió nada mejor que hacer, sonriente, histriónicos gestos hacia alguna amistad sentada entre el público. No está claro si es que no era consciente de la solemnidad del acto y del papelón hecho por el gobierno con la renuncia de Villanueva, o si simplemente se sentía la reina de la fiesta.

Incluso la líder de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, que ha logrado mantenerse con unos índices de aprobación entre el 35 y el 40% a base de desaparecer casi totalmente de la escena política y de no abrir la boca casi nunca, se lanzó a dar su opinión crítica contra Heredia y declaró que “se ha convertido en un factor de desestabilización”.

“Yo creo que ella tiene el derecho de opinar, por supuesto, pero a lo que no tiene derecho es a gobernar”, agregó la hija de Alberto Fujimori, la cual consideró la tímida renovación del gabinete de ministros como un “capricho de la primera dama”.

Los congresistas del Partido Nacionalista no dudan en salir a defender a la presidenta de su formación y el nuevo primer ministro ha adelantado ya su postura frente a Heredia. “El presidente de un partido por supuesto tiene la capacidad política y no tiene sólo el derecho, sino la obligación de opinar”, afirmó Cornejo en declaraciones a la emisora RPP, aunque en el caso del aumento del salario mínimo no las palabras de Heredia no eran una opinión, sino una aseveración en toda regla.

Ana Jara, una de las ministras más incondicionales de la primera dama y que pasó de la cartera de la Mujer a la de Trabajo, en sustitución de la defenestrada Laos, sostuvo en una entrevista en la cadena de televisión ATV que Heredia “ahora es presidenta del Partido Nacionalista Peruano, que es el partido de gobierno, es el engranaje con el Ejecutivo con respecto a la bancada de gobierno del Congreso de la República, es la que nos da las pautas en general de las políticas que deben seguirse dentro del marco de la hoja de ruta en coordinación con el Ejecutivo, no los actos de gobierno, sino las políticas”.

Lo que Jara no explicó es si ese papel supone desautorizar al premier y despachar directamente con los ministros. Tampoco aclaró cuál fue el papel en el gobierno de Heredia los 29 primeros meses del gobierno de Humala, en los que no era presidenta del partido.

 
 
 
 
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