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REPORTAJE
Las Patronas: 14 mujeres frente a la Bestia

La Patrona (México). Texto y video: Pablo Pérez Álvarez. Fotos: Pep Companys.
Un grupo de humildes campesinas mexicanas acaba de cumplir 20 años dando de comer a los inmigrantes indocumentados al pie de las vías de La Bestia, el tren de carga en el que viajan cada año por México como polizones un ejército de hambrientos centroamericanos en un peligroso viaje hacia Estados Unidos. Son Las Patronas, quienes todos los días se colocan al pie de las vías que pasan por su pueblo para entregar raciones cocinadas por ellas mismas en una labor desinteresada y reconocida en todo el país.

Las Patronas
Las Patronas llevan 20 años al pie de las vías por donde pasan miles de inmigrantes centroamericanos subidos a trenes de carga para darles comida. Autor: Pep Compnays.

El estrépito de la lluvia tropical en la última hora de la tarde impide escuchar la llegada del tren hasta que ya está muy cerca. La media docena de mujeres que se encontraba conversando amenamente en la amplia cocina, separada por la encimera del patio de la casa, agarra apresuradamente unas cuantas botellas de agua y las bolsas de comida que caben en las dos cajas de fruta y en la carretilla y sale corriendo.

Cuando termina de recorrer los poco más de 100 metros de camino de tierra que las separan de la vía, la mole de hierro está ya prácticamente encima. Ni siquiera les da tiempo a tomar sus posiciones habituales: cada una frente a uno de los postes de luz que iluminan a La Bestia, a su paso por la localidad de Guadalupe (más conocida como La Patrona), en el estado mexicano de Veracruz.

La Bestia es el tren de carga que recorre el país de sur a norte para llevar a Estados Unidos todo tipo de mercancías de Centroamérica y México, y de paso a miles de inmigrantes indocumentados de Honduras, Guatemala, El Salvador y, en menor medida, Nicaragua, que cada año se suben como polizones a sus vagones en busca del sueño americano.

Las mujeres se despliegan apresuradamente en unas decenas de metros junto a los rieles y alargan los brazos con las bolsas sujetas suavemente con los dedos a modo de pinza. Cada ración contiene una bolsita con arroz, otra con frijoles y unas tortillas de maíz (unas finas lonchas de harina de ese grano que para los mexicanos es como el pan para los españoles) o unos panecillos.

A menudo, los centroamericanos saben que esa pequeña localidad de la selva veracruzana es el territorio de Las Patronas, un grupo de mujeres, la mayoría de ellas amas de casa y campesinas, que desde hace dos décadas ofrece comida a los inmigrantes, a contramano de los abusos de todo tipo que éstos están acostumbrados a recibir a su paso por México.
En cambio en esta ocasión, los furtivos pasajeros no se lo esperaban.

Norma Romero Vásquez es la que más ha conseguido avanzar. Se acerca al tren mientras grita “¡Comida! ¡Comida!”. Pero los inmigrantes, que normalmente van asomados por entre los vagones o subidos en sus techos, están esta vez ocultos para protegerse del aguacero y sólo cuando van dejando atrás el pueblo se percatan de las siluetas las aguerridas mujeres en cuyas manos se balancean de forma seductora unas bolsas de plástico blancas. Éstas contienen la que podría ser su primera comida en muchas horas de viaje, quizás incluso en días.

Una jornada complicada

No ha sido un buen día para Las Patronas. Por la mañana habían recibido una llamada telefónica desde un albergue para inmigrantes en Tierra Blanca, la anterior parada en el recorrido del ferrocarril, informándoles de que habían salido menos de 100 indocumentados encaramados a La Bestia, pero al pasar por el pueblo eran alrededor de 500. En algún punto del trayecto, la cifra se había multiplicado y las raciones que tenían listas fueron a todas luces insuficientes.

Las Patronas
Por la mañana, toca preparar la comida. Autor: Pep Companys.
 

Así que las 14 mujeres que conforman el grupo prepararon otros 25 kilos de arroz y 10 de frijoles y enviaron una comisión en la camioneta a Orizaba, a unos 30 kilómetros. Allí el ferrocarril siempre hace un alto y tarda unas horas en volver a partir. Pero justo cuando llegaron al punto donde se detiene, estaba arrancando de nuevo y de los cientos de personas que vieron por la mañana, apenas se apreciaban a unas decenas sobre los vagones mientras se alejaba hacia el norte.

Sólo tres hondureños que habían decidido bajare para hacer noche en tierra pudieron degustar la comida preparada con tanto cariño Las Patronas.

Son los gajes de la labor que realizan estas mujeres desde hace dos décadas. Todos los días del año, haga frío o calor, llueva o luzca el sol, en Navidad, en Año Nuevo, en Semana Santa… dan algo de alivio a los inmigrantes, que sufren todo tipo de adversidades en su peregrinaje hacia Estados Unidos.

México: un infierno para los migrantes

Son perseguidos por los agentes migratorios. Explotados por los polleros, los traficantes de personas mexicanos que los guían hasta el norte por precios que pueden llegar hasta los 9.000 dólares (unos 8.000 euros). Golpeados por los garroteros, los guardas de seguridad que contratan las empresas ferroviarias para impedirles subir a los trenes. Asaltados por maleantes, extorsionados por el crimen organizado. Estafados por pequeños delincuentes. Las mujeres tienen muy altas posibilidades de ser violadas por la policía, los criminales, los traficantes de personas o por sus propios compañeros de viaje.

Muchos mexicanos los miran con recelo y rechazan la presencia de los albergues para ellos en sus pueblos y los obligan a cerrar, a veces incitados por las propias mafias que se lucran con su desamparo.

Son muy pocos los que se solidarizan con ellos, a menudo arriesgando su vidas, pues se convierten en un obstáculo para que el crimen organizado haga su negocio.

La última esperanza

El tren que aleja bajo la lluvia era la última esperanza de Las Patronas para poder entregar su comida del día. Ahora mayor parte del alimento se echaría a perder durante la noche.

De repente se escucha un fuerte ruido, una especie de bufido proveniente de La Bestia. Su vagón trasero ha dejado de hacerse cada vez más pequeño en la lejanía y se ha quedado inmóvil entre la exuberante vegetación veracruzana, tan propicia para el cultivo de la caña de azúcar y el café.

“¡Han sacado el aire! ¡Han sacado el aire!”, exclama Norma. Los polizones han abierto una de las válvulas que hay entre vagón y vagón para activar el freno de aire. Esto hace que el vehículo se detenga y que el maquinista tenga que ir hasta la válvula en cuestión para cerrarla y reemprender la marcha.

Tienen unos cinco minutos de tiempo, así que Las Patronas salen corriendo con sus cajas y su carretilla llenas de comida hacia el vehículo, que ha quedado a unos 400 metros. Algunos centroamericanos de los últimos vagones bajan y se apresuran para encontrarlas a mitad de camino. Cargan con todas las bolsas que pueden y se dan la vuelta rápidamente para alcanzar de nuevo su pasaje al norte, antes de que parta y los deje atrás.

Las Patronas
Llueva o haga sol, Norma y el resto de Las Patronas salen a recibir cada tren. Autor: Pep Companys.
 

Los migrantes no tienen tiempo para darles las gracias y algunas bolsas de comida quedan esparcidas por el suelo, pero Las Patronas saben que, al menos, han quitado el hambre a unos pocos necesitados.

Un comienzo inesperado

Y así lo llevan desde un día de febrero de 1995 en el que Rosa y Bernarda Romero Vásquez salieron de la casa de su padres a comprar pan y leche y, al regresar, pasó el tren y tuvieron que quedarse esperando para cruzar la vía que parte La Patrona en dos.

Hacía tiempo que venían observando a personas con acento extraño que aparecían colgadas de los vagones a su paso por el pueblo. “Cuando les veíamos pensábamos que eran mexicanos que se subía al tren porque querían turistear, que querían conocer. Porque a veces la gente no viaja porque no tiene dinero”, recuerda Norma.

Poco a poco, las hermanas Romero Vásquez se dieron cuenta de que esa gente no viajaba de ese modo por gusto, de que lo hacían por necesidad. “No sabíamos de dónde venían. No conocíamos qué era Centroamérica, porque nosotras apenas conocemos nuestro territorio mexicano”.

Ese día, mientras Bernarda y Rosa miraban cómo se sucedían frente a su vista, uno tras otro, los pesados contenedores rodantes, escucharon cómo se acercaba uno desde el que un forastero les pedían a gritos con ojos suplicantes: “Madre, dame tu pan. Dame tu pan que tenemos hambre”.

Rosa se volvió hacia su hermana y le preguntó: “¿Se lo damos o qué?”. “Pues si quieres, dáselo”, le respondió Bernarda. Así que alargó su mano con la barra de pan y cuando el hambriento polizón pasó frente a ella desapareció de la punta de sus dedos.

Pero, en los furgones de atrás llegaba más gente con la misma cara de súplica: “Madre, dame tu leche”. Así que el truco de prestidigitación se repitió y el litro de leche se desvaneció al extender el brazo hacia delante.

Cuando las dos llegaron a casa, su madre, doña Leonila, les miró incrédula, como si le estuvieran gastando una broma: “¿Dónde están el pan y la leche?”.

Un pueblo humilde pero solidario

“En ese momento empezamos a trabajar, nos organizamos”, indica Rosa. “Vinimos a hablar con mi mamá y le propusimos: ‘¿Qué te parece si empezamos a hacer unos poquitos bastimentos?’”. Eso fue un domingo, y al día siguiente ya estaban repartiendo comida. La madre y las hijas, que ya se habían casado y vivían con sus esposos, cocinaron algo más de lo habitual y prepararon tacos para una treintena de raciones.

Cuando escucharon que llegaba el ferrocarril, salieron a su encuentro. Los migrantes de los primeros vagones no se percataban de que les estaban ofreciendo alimento, por lo que las mujeres comenzaron a gritar a los que venían detrás: “¡Ey, comida!”. Un reclamo infalible, una fórmula que han repetido a lo largo de los años sin que pierda su vigencia original.

Las Patronas
Con un gesto de generosidad, Rosa y su hermana, Bernarda, iniciaron el movimiento. Autor: Pep Companys.
 

Norma rememora la expresión de sorpresa de aquellos osados que cabalgaban La Bestia al recibir el regalo, y cómo con el paso del tiempo empezaron a interactuar con los que a veces bajaban en el pueblo o hacían esa parte del recorrido caminando. Así supieron quiénes eran esos forasteros y por qué viajaban de esa manera.

A la familia Romero Vásquez  se le unieron pronto otras vecinas desde el principio. A pesar de ser un  humilde pueblo de campesinos, les bastaba con sus propios ingresos para alimentar a los polizones ferroviarios, que en esa época viajaban en un número moderado. “En el 95 las cosas eran baratas y nuestro dinero valía. Nos alcanzaba y no pasábamos necesidades”, explica Norma.

Un viaje muy peligroso

Pero el campo mexicano se ha ido empobreciendo desde aquellos años. Además, se ha incrementado exponencialmente el número de migrantes que, para huir de la miseria y de la violencia, se agarran al tren como si fuera el último tablón de un barco hecho trizas por una tempestad.

Así que, si no fuera por las donaciones que reciben en la actualidad, les sería imposible seguir atendiendo al ejército de desposeídos que diariamente huye al norte de este modo barato pero muy peligroso.

Los centroamericanos se juegan la vida para poder encaramarse a los convoyes en marcha. Un paso en falso, un pie apoyándose en el aire en vez de en las escalerillas de los vagones, puede suponer que sus piernas sean atrapadas por la fuerza de succión que generan las ruedas a causa de la velocidad.

Cientos de ellos han sufrido mutilaciones provocadas por el despiadado tren. Y muchos otros son destrozados cuando, tras horas y horas ininterrumpidas de viaje se quedan dormidos en los techos de los vagones y caen a la vía.

Narcotráficantes y mareros han llevado el terror a ‘La Bestia’

A estos riesgos se ha unido en los últimos años uno mayor: el de los cárteles del narcotráfico. Hace un tiempo que viajar en la Bestia agarrado al techo de un vagón  ha dejado de ser gratis.
El crimen organizado, ansioso por ampliar sus fuentes de ingresos a través del lucrativo negocio de aprovecharse de la inmigración ilegal.

Y no se conforman con poco. Los cárteles de la droga, particularmente Los Zetas, están también sobre los trenes y cobran 100 dólares por tramo. Como ‘cobradores’ suelen subcontratar a mareros.

Ahora los centroamericanos ya no saben si quienes se han subido en la última estación con ellos son compañeros de viaje o criminales que, si no pagan la cuota, los tirarán del vehículo en marcha a patadas o a machetazos.

La llegada de la ayuda

A partir de 2003, a raíz de su aparición en el documental 'De Nadie', de Tin Dindarmal, la labor de Las Patronas se dio a conocer en el país, la gente empezó a interesarse por su trabajo y a enviarles víveres y otras ayudas.

Las Patronas
En los últimos años, una nueva generación de mujeres se ha sumado al grupo. Autor: Pep Companys.
 

En el mercado les dan alguna fruta y hay panaderías que contribuyen con panecillos o panes dulces. Un supermercado de Córdoba les da cuatro días a la semana los panes y pasteles que no ha podido vender. Mucha gente, incluidas escuelas y restaurantes de la zona recicla para ellas las bolsas y botellas de plástico donde luego ellas entregan las raciones y el agua.

Gracias a un donativo, el año pasado pudieron construir en su sede un anexo de dos plantas con dormitorios para albergar a visitantes, los voluntarios o a inmigrantes, aunque muy pocos llegan a pasar la noche ahí, porque La Patrona no es un punto de parada del tren.

Ellas se dedican en su mayoría a las labores del hogar, algunas tienen pequeños comercios o trabajan el campo. Como Norma, que, ya viuda, tiene una hectárea y media de cañaveral y compra grano de café al por mayor para maquilarlo y venderlo procesado y envasado.

Reconocimiento a su labor por los migrantes

De los 30 almuerzos con que empezaron hace 20 años, han pasado a hacer decenas o cientos, según el número de comensales que les avisen que vienen a bordo de la Bestia. Y el grupo ya alcanza las 14 patronas.

“Somos 14, pero decimos 15 porque acá está nuestra madre, la señora Guadalupe, que es la principal. Donde quiera que andamos ella nos cuida”, afirma Julia Ramírez señalando un colorido mural con el rostro de la otra Patrona, la de México, la virgen de Guadalupe, que adorna uno de los muros de la casa.

Su trabajo ha sido ampliamente difundido en México como un ejemplo a seguir y son invitadas a dar conferencias en universidades y distintos foros. En 2013 les otorgaron el premio Don Sergio Méndez Arceo y el Premio Nacional de Derecho Humanos, que concede el defensor del pueblo de México.

Pero a Lorena Aguilar lo que le llena es el poder “hacer algo por esas personas que vienen en el tren pasando lluvia, sol… de todo”.  A sus 29 años, Lorena forma parte de una nueva generación de patronas. Muchachas jóvenes que se están implicando en la labor que comenzó la familia Romero Vásquez. Algunas trabajan  y sólo pueden acudir los fines de semana o algunas tardes de los días laborales, pero Lorena está prácticamente cada día al pie de las vías.

Una nueva generación de Patronas

Comenzó casi por casualidad. “Mi tía es hermana de Norma. Vine un domingo a visitarlas y me tocó que viniera el tren. Ellas estaban envasando la comida y me puse a ayudarlas”, relata. Sin embargo, cuando llegó la Bestia y salieron a las vías, le dijeron que se pusiera a un lado, que sólo mirara.

Plantarse a unos metros de la vía al paso de miles de toneladas de hierro y madera rodando y entregar bolsas en la mano a los que vienen colgados de ellas no es una actividad libre de riesgos.

Para empezar hay que mantener la distancia adecuada de los rieles. Los inmigrantes suelen colgarse de los vagones con el cuerpo y los brazos extendidos para agarrar la comida y un mal cálculo puede acabar con la que da y con el que recibe en el suelo.

La cosa se complica cuando la Bestia va rápido. Aumentan los riesgos y a los viajeros furtivos a veces no les da tiempo a darse cuenta de que hay alguien ofreciéndoles de comer y de beber desde tierra firme. La patrona de avanzadilla les grita advirtiéndoles hasta que ellos se percatan y se asoman.

Concienciar a los maquinistas

Para que reduzcan la velocidad a su paso por el pueblo las mujeres intentan ganarse a los maquinistas atacando su punto débil: el estómago. “El maquinista carga muchas vidas en esa bestia y ellos como hombres también tienen hambre. Nosotras lo que hacemos es darles de comer porque ha sido una manera con la cual hemos concienciado a varios”, detalla Norma.

Las Patronas
A veces los trenes pasan muy rápido, lo que hace arriesgada la entrega de las raciones. Autor: Pep Companys.
 

Cada vez que esperan un tren, Las Patronas preparan una ración especial. Quizás un poco más de frijol, unos panecillos seleccionados. Si hay tarta, se le pone un trozo bien grande. Y cuando la maquina se acerca a La Patrona y reduce la marcha, lo primero que hacen es lanzarle su almuerzo y lograr que caiga en algún saledizo de la locomotora, para que el conductor, cuando tenga tiempo, se sacie.

Muchos de ellos, por agradecimiento o por solidaridad con su carga humana, no solo reducen la marcha, también hacen sonar el silbato antes de entrar a la comunidad para avisar de su llegada.

“Hemos visto una respuesta por su parte. Los que son buenos desde la curva, mucho antes de entrar al pueblo, vienen silbando avisándonos”, se congratula Norma. “Aunque alguno que otro todavía es grosero y le sube mucho la velocidad o no nos silba para que no nos dé tiempo. Pero no importa, salimos corriendo y les damos a los que alcanzamos”, agrega.

“Saqué mis bolsas y ofrecí con mis manos”

El día que Lorena estaba viendo cómo sus vecinas no daban a basto repartiendo las raciones, después de que el gigante férreo se aproximara a marcha lenta repleto de inmigrantes, no pudo resistirse y comenzó a repartir.

“Saqué mis bolsas y ofrecí con mis manos. Fue bien bonito porque venía despacio y los muchachos ya iban agarrados de los costados. Venía uno que le calculé 17 o 18 años y cuando yo le di la bolsa, y antes de tomarla, me dijo ‘gracias’ con esa cara de alegría... Sin saber qué había en la bolsa. Empecé a dar y a dar”. Y desee ese día no ha parado.

El día siguiente al del fiasco de los 25 kilos de arroz echados a perder, en que apenas lograron entregar algunas raciones bajo la intensa lluvia, es más propicio. Algunas de las bolsas con frijoles de la jornada anterior se han podido salvar pese al calor y la humedad de la zona.

Las Patronas, avisadas de la llegada de un centenar de personas en el tren, cocinan 10 kilos de arroz, más frijoles y completan sus almuerzos con unas tortillas y los panes de la donación del día, que esta vez ha sido abundante.

Una entrega sin problemas

El sol todavía está en lo alto de un cielo despejado cuando, se escucha claramente el silbido del tren con bastante antelación. Entre las palmeras que bordean la vía se puede ver la silueta del volcán Citlaltépetl, el pico de Orizaba, el más alto de México con más de 5.400 metros.

Las doñas salen tranquilamente con tiempo para distribuirse a lo largo de unos 150 metros, cada una con una caja cargada de almuerzos, y esperar un rato antes de ver al convoy dar la vuelta a la curva que hay justo antes del pueblo y enfilar una línea recta de cerca de un kilómetro hasta llegar a ellas.

Mientras La Bestia se acerca lentamente ven a algunos migrantes, ya alertados, tomar posiciones. Sus cuerpos sobresalen de los vagones agarrados con una mano de las escalerillas.

Cuando están a la altura de Las Patronas, las bolsas comienzan a volar de sus manos extendidas. Los que van colgados, con la mirada concentrada en las raciones, se las pasan rápidamente a los que van en las plataformas para agarrar el mayor botín posible.

Ellas se agachan constantemente para tomar más envoltorios de las cajas que tienen en el suelo y se vuelven a poner en posición. Algún vecino las ayuda y se pone también a repartir. En la última posición, una de ellas entrega las botellas de agua que tiene en una carretilla.

Una vez han pasado todos, apenas quedan bolsas en las cajas. Mientras se aleja el tren, se asoma una cabeza sonriente de uno de los últimos vagones y saluda con la mano. Al menos ese día podrá saciar el hambre mientras sigue su búsqueda de una vida mejor. Ellas, aunque satisfechas de su misión, se preguntan cuándo podrá volver a comer.

* Un extracto de este reportaje fue publicado en la revista CTXT.ES
 
 
 
 
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