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CRÓNICA
El carnaval de Tlaxcala,
humor, tradiciones y sincretismo

Tlaxcala (México). Pablo Pérez Álvarez
El sincretismo cultural es todo un arte en México. Desde la fusión de rituales católicos e indígenas hasta la devoción a la Santa Muerte como si de un canonizado más se tratara. Pero el carnaval de Tlaxcala, una región situada a apenas dos horas de autobús de la ciudad de México, da un paso más allá. Combinando elementos prehispánicos, cristianos, europeos de la época de la colonia y modernos, se sale de lo religioso y continúa hoy en día en una evolución constante.

Carnaval de Tlaxcala
Tanto adultos como niños visten coloridos trajes en una celebración popular que se transmite de padres a hijos.

A diferencia de otros carnavales de México, como el de Veracruz o el de Mazatlán, el de Tlaxcala no es apenas conocido por la mayoría de los habitantes de este país y es prácticamente ignoto en el extranjero. Sin embargo, tiene una riqueza cultural y una historia de las que incluso muchos de los que participan en él no tienen conocimiento.

Durante muchos años, la celebración ha estado dispersa por los distintos pueblos de la región, lo que ha contribuido a su escasa difusión. Además, en cada sitio tiene lugar en un momento diferente.

Pero desde principios de esta década, en un esfuerzo por dar a conocer tan peculiar fiesta, la ciudad de Tlaxcala concentra durante la semana de carnaval a representantes de toda la región para hacer el jueves anterior al martes de ceniza un desfile por las calles del centro en el participan todos los grupos de carnaval, denominados ‘camadas’. Y Durante los cinco días siguientes las camadas exhiben sus respectivos bailes en distintas plazas para disfrute de los locales y de los todavía escasos turistas.

En el Zócalo de Tlaxcala capital, baila un grupo de unas 15 parejas de huehues (nombre que se le da a los danzantes de este carnaval) bailan. Como fondo tienen la fachada Palacio de Gobierno, que combina el estilo plateresco de su pórtico de cantera con un muro de ladrillos dispuestos alternativamente de forma horizontal y vertical, a tono con la arquitectura colonial del resto del centro histórico.

Los danzantes varones tocan unas castañuelas y visten una blusa satinada de fuertes colores y con bordados, pantalones hasta la rodilla también bordados, medias cubriendo el resto de la pierna, faja, una capa de un tono distinto al de la blusa y un sombrero vaquero con un penacho multicolor de plumas de medio metro de alto sobre la característica máscara del carnaval con rasgos caucásicos. Ellas, más sencillas, llevan unas enaguas, una colorida falda amplia con finos encajes y una blusa blanca también trabajada en los bordes, muy al estilo mexicano.

Un carnaval masculino hasta 1974

Carnaval de Tlaxcala
Algunas camadas mantienen la tradición de vestir a los hombres de mujeres.
 

En este carnaval, a diferencia de otros de América Latina como el de Río de Janeiro o el de Barranquilla, la fastuosidad está en los trajes de los hombres. Ellas llevan vestidos elegantes pero mucho menos espectaculares y generalmente van a cara descubierta. Algo lógico si se tiene en cuenta que hasta 1974, las mujeres no podían participar como danzantes en esta celebración.

Ahora la mayoría de camadas, como se denominan a las agrupaciones carnavaleras, ya tienen mujeres, pero otras todavía mantienen la antigua tradición de que la mitad de sus componentes se visten con ropas femeninas para los bailes. Maquillados, imitan a la perfección los movimientos femeninos y bromean con el público masculino haciéndoles gestos seductores o incluso lap dances.

Cuando el grupo del Zócalo, que se llama camada Quetzal  y viene del pueblo de San Juan Totolac, termina su baile, Anastasio Jiménez, uno de los huehues, se quita la careta, que representa un rostro de piel blanca, ojos azules, un fino bigote y pelo claro ondulado sobre la frente, pero apenas se le ven los ojos, pues cubre el resto de su rostro con una pañuelo para que la máscara de madera no le lacere la piel. Pese a todo, en esa pequeña parte de su fisonomía a la vista se pueden apreciar claramente sus rasgos de indígena nahua.

Asegura que la danza que acaba de ejecutar con sus compañeros durante 50 minutos es una jota. Castañuelas aparte, no se parece en nada al baile tradicional de varias regiones del nordeste de España. Y es que una de las características del carnaval tlaxcalteca es que sus frenéticas coreografías son una alteración burlesca de las danzas y de los bailes de salón importados a México desde Europa durante la colonia y el Porfiriato de finales del siglo XIX, en el que triunfaron las tendencias afrancesadas de esa época.

Burla a los conquistadores españoles

No obstante, Anastasio, que comenzó a participar en una camada hace apenas un lustro, apenas tiene idea del origen de la tradición que está perpetuando. “Esta danza es como si se burlara uno de otras personas”, atina a decir. Para muchos huehues, el carnaval es sólo una ocasión de festejar y divertirse durante varios días con el baile, una de sus aficiones peferidas.

Carnaval de Tlaxcala
Curiosa mezcla: trajes prehispánicos y máscaras de rasgos europeos.
 

Danza al igual que lo hacía antes de él su padre, de quien también heredó su máscara, tallada en madera de colorín, un árbol ornamental nativo de Centro y Norteamérica. “Ya está un poco tronada”, dice mientras muestra el descascarillado en la pintura de la zona situada junto a las cejas, que son en realidad agujeros situados a la altura de los ojos del danzante para que pueda ver. “Pero cuando está muy gastada la mandamos a reparar y queda como si fuera nueva”.

También las máscaras, quizás el elemento más representativo del carnaval tlaxcalteco, tienen su origen en una burla al aspecto y a la fisonomía de los españoles en general que colonizaron durante siglos estas tierras, o por lo menos los rasgos que más llamaban la atención a los nativos: piel blanca, ojos claros, barbas, bigotes, patillas, verrugas, dientes de oro…

En algunas zonas de Tlaxcala se usan máscaras más realistas, pero en otras se estilan unas completamente rosadas y con unos rasgos más toscos, pero siempre parodiando al fenotipo europeo.

Las máscaras, piezas de artesanía

Ahora muchas se hacen de fibra de vidrio o yeso, pero un huehue que se respete, tiene que llevar una de madera, sobre todo de colorín o de ayacahuite (un pino nativo de la región mesoamericana que comprender el sur de México, Guatemala, El Salvador y Honduras), como se han hecho siempre. Lo que pasa es que éstas son muy caras. Las más sencillas cuestan unos 150 euros. Si se quiere con bigote, ya sube a 180. Pero con más elementos puede llegar a los 420. Por ese precio incluyen unos párpados móviles que se mueve con una cuerda que sale por debajo de la barbilla y que al tirar de ella hace que los ojos se abran y se cierren.

Pascual Vásquez, también siguiendo los pasos de su padre, es danzante y artesano de máscaras. Cada una le cuesta entre 15 y 20 días de trabajo, asegura. Algunas las hace por encargo y otras las expone en un puesto callejero. “Mi padre y yo hacemos esto, pero ahora él se fue bailar con su camada y yo me quedo a cargo del negocio”, explica.

El carnaval tlaxcalteco tiene su origen en la época de la colonia, cuando las autoridades y la religión venidos de España proscribieron los cultos y rituales religiosos de los nativos mexicanos. Pero estos se hicieron expertos en seguir practicándolos bajo la apariencia de los nuevos símbolos y santos traídos del Viejo Continente.

Ciclos agrícolas y ritos prehispánicos

Y el Carnaval no fue una excepción. Al tener por lo general éste sus raíces en las celebraciones paganas relacionadas con ciclos agrícolas del hemisferio norte, la festividad coincidía con los propios ritos prehispánicos para pedir buenas cosechas, así que no les costó nada adoptarlo para continuar con sus costumbres ancestrales.

En la época colonial las haciendas agrícolas eran el motor económico de la región y sus dueños, principalmente españoles nostálgicos de su vida en el otro lado del océano Atlántico, recreaban el boato de Europa con suntuosas galas en las que ostentaban sus mejores atuendos.

Carnaval de Tlaxcala
La danza es un elemento esencial del carnaval tlaxcalteco.
 

Sus empleados nativos, que obviamente no estaban invitados a estas fiestas, hacían a escondidas las suyas propias, imitando burlonamente la forma de vestir, de hablar y de bailar de los colonizadores. Acabaron emulando incluso su fisonomía, al dar a las máscaras con las que evitaban ser reconocidos por sus patrones la apariencia de éstos.

Estos elementos fueron incorporándose al carnaval y con el paso de los siglos se mezclaron con las modas provenientes del otro lado del océano Atlántico referentes a vestimenta y a música.

Tlaxcala, cuna del mestizaje

Los tlaxcaltecas, que a la llegada de Hernán Cortés a México eran un pueblo de guerreros de etnia nahua subyugado por los aztecas y se aliaron con los españoles para enfrentar a éstos, son conscientes de su mestizaje y por eso le tienen tanta estima a su carnaval. Pese a que es uno de los departamentos administrativos más pequeños del país, miles de personas participan en él cada año siguiendo las tradiciones que han ido heredando de generación en generación.

“Tlaxcala es la cuna del mestizaje en México”, asegura el antropólogo Carlos Ramos. Y su carnaval, agrega, “es una fiesta que se da en casi el 70% de las comunidades tlaxcaltecas antes de la Semana Santa” y que “está todavía muy ligado a aquellas formas indígenas, campesinas, rurales”. “Nos alejamos un poco del formato de Río de Janeiro, Mazatlán, Veracruz…”, más conocidos internacionalmente, agrega.

Además, sostiene, “lleva una temporalidad un tanto diferente”, pues aunque las celebraciones principales son, como en todo el mundo, durante la semana precedente al Miércoles de Ceniza, “algunas comunidades lo siguen festejando la semaanas siguientes”, incluso durante la Pascua.

Esta dispersión ha hecho que no fuera muy conocido en el resto del país durante muchos años, algo que las autoridades tlaxcaltecas pretenden cambiar con el concurso de camadas que tiene lugar en la capital regional durante la semana de carnaval.

Cada una muestra su danza, que ha estado ensayando desde el inicio del año, durante 50 minutos en los que un jurado analiza sus vestimentas, su coreografía, su música… para premiar al final a las más destacadas en cada uno de los rubros.

De Quetzalcoatl a Bugs Bunny

Durante cinco días se puede apreciar en la ciudad de Tlaxcala la diversidad de rasgos, disfraces y bailes en las diversas zonas de la región, así como el sincretismo de esta tradición.
Huehues con pesados penachos en forma de exhuberantes plumeros o de abanico como los de los antiguos emperadores aztecas; con diseños prehispánicos mezclados con personajes de Walt Disney, Looney Tunes, los dibujos animados de manga japonés o de los Simpsons; peludos gorilas morados; figurines con levita, bombín y paraguas; vaqueros con sus botas de cow-boy y chillones pantalones de arlequín…

Carnaval de Tlaxcala
En algunas camadas los huehues llevan penachos en forma de plumero.
 

Todos danzando burlonamente al ritmos de adaptaciones satíricas de la música que animaba los salones de los europeos de los siglos XVI al XIX -que ha recibido nombres como taragotas, afrancesadas, lanceros, jotas o cuatro estaciones-, tocada con instrumentos modernos. Por momentos los sones recuerdan a la tonada de la serie de televisión británica Benny Hill.

Algunos tocan las castañuelas, otros disparan ensordecerodas salvas con antiguos trabucos en recuerdo de una antigua batalla o dan unos peculiares chillidos invitando a la fiesta. Los hay que en el baile se mueven en hileras que serpentean y se entrecruzan. Esto, según el antropólogo Jorge Guevara, es la herencia de un tributo al dios Quetzalcóatl, la serpiente emplumada de la mitología de los pueblos originarios, o al dios Tláloc, que era para ellos el dios de la lluvia y tenía también forma de serpiente.

“Tradicionalmente se pensaba que ésta era una fiesta nada más europea, pero cuando uno revisa el calendario ritual prehispánico, encuentra muchos elementos que hoy hacen todavía los carnavaleros”, destaca. “Hay una parte prehispánica, como el uso de máscara, la borrachera ritual, la danza de hombres culebreando. Lo que antes hacían en ciclos de diferentes meses hoy lo sintetizan en un carnaval”, añade.

El sociólogo y huehue Abraham Coltuantzi, que ha investigado la celebración en la que participa desde niño, coincide en que, pese a la imitiación de los bailes de salón europeos, “la danza del carnaval tlaxcalteco no es más que una danza de la lluvia”.

Como ejemplo, afirma que en algunos pueblos de Tlaxcala, los hombres y mujeres que forman las camadas acuden a la iglesia con sus disfraces el Miércoles de Ceniza, se quitan las máscaras y se someten a una limpia, que es un ritual típco de Latinoamérica para eliminar las malas energías con humo de copal (una resina de olor similar al del incienso) y otras hierbas. En este caso, indica, se utilizan una cruz cristiana y hierba ruda. “Todo esto nos remite a rituales antiguos de fertilidad, de vida. Para atraer a la lluvia y tener una buena cosecha”.

Latigos de trueno

Otra muestra son los bailes de algunas zonas en los que se hacen restallar látigos en las piernas de los huehues, cubiertas convenientemente con un protector de gomaespuma. O aquellos en los que los danzantes se ponen cuchillos en los pies y los hacen chocar o los frotan contra el suelo para hacer saltar chispas. Simbolizan al trueno y el rayo, representaciones del dios de la lluvia.

La misma palabra huehue significa en náhuatl (la lengua franca de México durante el imperio azteca) “anciano” y alude a la deidad del fuego y la sabiduría Huehueteotl, que era representada por un hombre mayor y desdentado. “Representan sobre todo emisarios de la lluvia, para atraerla en tiempo de sequía”, dice Guevara. Por ello, algunos vecinos que están a punto de cosechar llaman a los grupos carnavaleros para que vayan a sus casas a bailar en el patio. A cambio les dan de comer y les pagan.

Esto es en los pueblos, en los que las camadas recorren sus respectivas poblaciones haciendo sus danzas durante tres semanas en las que bailan casi todos los días. Salen a las 10 de la mañana y no regresan a sus hogares hasta casi la medianoche.

En el área de Yauhquemehcan, a cerca de una hora de auto de Tlaxcala capital, los huehues visten los que quizás son los trajes que mejor reivindican la raíz prehispánica de esta fiesta.
Los penachos, que rememoran los que simbolizaban el poder de los antiguos mandatarios prehispánicos, son el aspecto más espectacular de su vestimenta, que se completa con unos no menos pesados trajes adornados con chaquira, canutillos, lentejuelas y bordados con motivos prehispánicos, como pirámides, glifos o símbolos del calendario azteca.

Trajes elaborados

Rafael Juárez, de la camada de San Francisco Tlacuilohcan, uno de los poblados de Yauhquemehcan, hace un pausa tras bailar durante más de media hora con más de 10 kilos de plumas en la cabeza bajo un sol inclemente. “A todos les llama mucho la atención”, dice. El joven, de alrededor de 20 años, apunta que sólo el traje puede costar el equivalente a unos 600 euros, mientras que hay penachos que se disparan hasta los 3.000 y pesan hasta 12 kilogramos. Guantes y botas también forman parte del disfraz.

Carnaval de Tlaxcala
Estefanía Muñoz dedica varios meses a cada uno de los trajes que hace.
 

Estefanía Muñoz es una vecina de San Francisco, el que tiene quizás los trajes carnavaleros más espectaculares de todo Tlaxcala. Aunque no es su profesión, suele confeccionar artesanalmente los que llevan sus familiares (esposo, hijos, hermanos…). Cada año hace tan sólo dos o tres, porque es un trabajo realmente laborioso: “Las aplicaciones más difíciles son las pecheras, la delantera y la trasera, donde van los diseños principales. Son dibujos grandes que deben ir primero en moldes y luego ya se van diseñando según el modelo”, cuenta mientras da puntadas a una de las pecheras para perfilar a una pirámide escalonada prehispánica.

Debido a la fama que ha adquirido por esos trajes, desde el año pasado San Francisco Tlacuilohcan organiza con operadores turísticos de Tlaxcala excursiones durante la semana de carnaval para la actuación de representaciones de camadas de las zonas vecinas.

Eduardo Cuauhtla, pasados ya sus años de danzante, hace de guía en esta iniciativa y recuerda sus tiempos de huehue en su pueblo, San Bernardino Contla. Los ensayos eran durante el mes anterior al carnaval, pero ya desde un año antes “se elige a quienes van a ser el capitán y la capitana de cada camada”, explica. Sus funciones, aparte de reunir el dinero para la banda de música, que puede rondar los 6.000 euros entre ensayos y actuaciones de carnaval, “tienen que velar por que las vestimentas de todos los huehues sean uniformes”.

Catrines: los franceses no se libran de la mofa

En este caso lo tienen relativamente fácil, pues en San Bernardino la tradición es vestirse de catrín, un personaje que emula a los atuendos de la burguesía francesa del siglo XIX, en el que se desarrolló el ferrocarril en México y en que hubo una intervención de ese país europeo, por lo que en las estaciones de Tlaxcala se les podía ver con camisa clara, levita y pantalón negros, corbata, zapatos o botines lustrados y, para protegerse del inclemente sol mexicano, unos guantes blancos, un paraguas negro y a veces un sombrero de copa.

Así visten prácticamente todos losgrupos carnavaleros del pueblo, que es el que más tiene de toda Tlaxcala, con un total de 26, y subiendo. “Hasta hace ocho años todos eran catrines”, asevera Eduardo. “Pero entonces se formó la primera camada de payasos”.

Pese a la sencillez del traje de catrín, cada año hay que cambiar algo, por lo que, comenta Eduardo, “o que cambian el color del gaznet, un gran pañuelo blanco de satín bordado en sus extremos para cubrirse la cabeza debajo del sombrero, o la levita. Además, hay quienes personalizan este gaznet con un Mickey Mouse, un Bugs Bunny, un Bob Esponja, un Piolín…

Carnaval de Tlaxcala
Los penachos de los huehues pueden pesar hasta 12 kilogramos.
 

También varia el traje de ellas, que suele ser un vestido corto con zapatos de tacón. La mitad de lo que cuesta ha de ser aportado por la pareja de la dama.

Otra de las funciones de los capitanes de la camada es procurarle desayuno, comida y cena a todos sus compañeros, ya que se pasan el día de un lugar a otro de danza en danza.

Gastronomía carnavalera: energía para el baile

La época del carnaval en Tlaxcala tiene también su propia gastronomía. Carlos Ramos enumera que en algunas poblaciones “antes de empezar las danzas es muy común hacer una tamaliza”, es decir, una comida a base de tamales, consistentes en masa de maíz rellena de algún tipo de carne. Al mediodía, la comida suele ser barbacoa o carnitas (carne de cerdo frita). “Y no pueden faltar los diferentes moles”, que son carnes con salsas que tienen el chile o pimiento como denominador común.

El más típico de estas fiestas es el mole prieto, un guiso hecho a base de masa de maíz, carne de cerdo y chile chilpotle que se cocina en enormes cazuelas de cobre con fuego de leña en hoyos hechos en la tierra y que en tiempos prehispánicos era una comida ritual en honor a la diosa de la salud Toci.

El carnaval de Tlaxcala tiene otros rituales, como el hecho de ponerse la máscara, acción que ha de hacerse en la casa, antes de salir a danzar. “Cuando uno se casa”, subraya Abraham Coltuantzi, “la tradición marca que es la esposa la que tiene que vestir al danzante. Son unos rituales bastante ricos, que poco o nada se asemejan a este concepto de la burla de la celebración”.

Tanto los aspectos rituales como los burlescos van perdiendo parcialmente su sentido original al fundirse en una celebración cuyos participantes en su mayoría ignoran el significado de que un día tuvieron sus bailes y vestimentas y que hoy son una ocasión para pasarlo bien.

En la noche, las calles del centro de Tlaxcala está casi desiertas. Otra de las características que diferencia este carnaval de otros es que la farra termina cuando se pone el sol. No es extraño, dado que las camadas tienen que estar en listos a las 10 de la mañana para pasar toda la jornada danzando. De repente se escucha a lo lejos uno de los característicos gritos de los huehues, como una reminiscencia del bullicio que reinaba en esas calles sólo unas horas antes o bien como un anticipo de que lo que espera mañana.
 
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